Un nosequé

Barcelona, 7 de noviembre de 2025

 

Siempre digo que me dedico a la escultura porque si me bastase con la palabra me limitaría a escribir. Y aquí estoy, sin embargo, juntando letras una vez más alrededor de una intuición fuerte. Un nosequé que persigo bajo la sospecha de que el arte señala el misterio que nos permite creer.

El nosequé es la manera poética que encontró San Juan de la Cruz para expresar el límite del conocimiento humano ante ese mismo misterio. En la experiencia mística, el alma se aproxima tanto a la realidad divina que los conceptos tienden a disolverse en lo inefable. San Juan de la Cruz no niega la razón, sino que la lleva a su límite, al umbral sublime donde reconoce su insuficiencia. Y, al hacerlo, se abre a una nueva forma de conocimiento: un conocimiento sensible que sabe y saborea a través de la experiencia para alcanzar una plenitud callada, un silencio elocuente. Un balbuceo enamorado y liminal que nombra sin nombrar a Dios como una presencia desbordante. 

Algo así me sucede en mis quehaceres en una escala más humana e imperfecta. Identifico ese nosequé como el exceso de vida que me impulsa a hacer, a encarnar lo que no cabe en palabras, y que encuentra su camino a través de la forma y la materia. 

Un suceso habitual en el taller es ese instante en el que mueves un elemento, ajustas una composición o introduces un material y todo encaja. Envuelto en un manto de sospecha, te alejas, dudas y recelas de tu propio hallazgo, pero encaja. Repentinamente, la obra alcanza su plenitud y empieza a vibrar en toda su polisemia. Cuando eso sucede, alejo de mi vista esa pieza y la guardo en un rincón para que madure. Si pasadas unas semanas la obra me mantiene la mirada es que está lista para que otros ojos la toquen.

El acto creativo consiste en urdir una sensata promesa de sentido. Y el artista debe velar por que cada obra decante su propia verdad y anuncie a quien la contempla un conocimiento sabroso: un nosequé donde lo infinito asoma en lo finito, dibujando el límite de aquello que nos excede. El infraleve donde el mundo de las cosas humanas se roza con lo divino.