¿Cómo se mide un paisaje con el cuerpo?
Mi cuerpo es el instrumento general de mi comprensión del mundo. El que reconoce y percibe el paisaje como algo tangible y encarnado.
Mi cuerpo es el instrumento general de mi comprensión del mundo. El que reconoce y percibe el paisaje como algo tangible y encarnado.
Hay algo denso en la raíz poética de los materiales que se activa cuando llegan a ser parte de una obra. Su sustancia se transforma y permite el trenzado de lo visible con lo invisible
Una defensa del ornamento frente al funcionalismo y una encendida celebración de lo que somos.
Llevamos décadas atrapados en una crítica sin propuesta, cultivando una cortesanía que prefiere la náusea al apetito. Pero algo está cambiando. Empiezan a surgir voces que no temen afirmar, construir, querer. Voces que narran lo que somos con rigor, con ternura y sin pedir permiso. Esta carta no es una queja: es una apuesta. Un gesto a favor de lo próximo, lo popular, lo que ya estaba ahí.
Una serie nacida del azar, del pliegue y del gesto mínimo. En esta carta comparto por primera vez el proceso de trabajo detrás de mis nuevas piezas: percal, grafito, agua, calor y la escucha atenta de lo que la materia tiene que decir.
El panorama creativo de hoy es cada vez más uniforme, predecible, ensimismado y autorreferencial, pero, ¿qué nos sucede? ¿Sufrimos una crisis de futuro o es nuestra imaginación la que ha perdido la fuerza para plantear otros caminos? ¿Estamos condenados a ser una nota al pie en la historia cultural o podemos encontrar una salida a este estancamiento?
El paisaje no existe sin unos ojos que lo toquen y unos pies que lo midan. Después sucede todo lo demás, pero esas son las dos condiciones fundamentales. Si no hay alguien que lo mire y que lo pise, el paisaje se convierte en una mera sucesión de parajes, por lo que es el individuo el que lo completa, del mismo modo que es el espectador el que completa una obra de arte.
Hoy escribo sobre celebrar en vida la obra de esos artistas que nos enseñan nuevas forma de escuchar y mirar el mundo. Porque siempre es mejor ser puntual con una copa de vino que llegar a destiempo con una corona de flores.
Es difícil poner palabras a la desbordante necesidad de salir de la ciudad caminando, al arrebato de ir hacia los límites, a la transverberante llamada a afuerarse.
Los dólmenes y los menhires fueron el primer gesto estético sobre el territorio, definiendo el origen común de la escultura, la arquitectura y el diseño, y también una herencia que nos sirve como herramienta para diseñar el paisaje futuro