• Saber hacer para hacer saber

    Nuestras capacidades más humanas no caben en un algoritmo. Frente a la automatización en marcha, reivindico el oficio del artista: una forma de mirar, comprender y decidir que trenza razón y sensibilidad para construir sentido.

  • Un nosequé

    El acto creativo consiste en urdir una sensata promesa de sentido. Y el artista debe velar por que cada obra decante su propia verdad y anuncie a quien la contempla un conocimiento sabroso: un nosequé donde lo infinito asoma en lo finito.

  • El misterio de lo tangible

    Hay algo denso en la raíz poética de los materiales que se activa cuando llegan a ser parte de una obra. Su sustancia se transforma y permite el trenzado de lo visible con lo invisible

  • ¿Quién nos va a querer si no nos queremos nosotros mismos?

    Llevamos décadas atrapados en una crítica sin propuesta, cultivando una cortesanía que prefiere la náusea al apetito. Pero algo está cambiando. Empiezan a surgir voces que no temen afirmar, construir, querer. Voces que narran lo que somos con rigor, con ternura y sin pedir permiso. Esta carta no es una queja: es una apuesta. Un gesto a favor de lo próximo, lo popular, lo que ya estaba ahí.

  • Montes, ríos y patrias chicas

    Los romanos solían bautizar los lugares que conquistaban con nombres ya existentes en su cultura. Al nombrar colinas y ríos con referencias a su propia espiritualidad lograban reconocerse en el territorio, legitimando así su dominio e integrando a la nueva población en la gran cosmovisión de Roma. 

  • El paisaje no existe sin unos ojos que lo toquen y unos pies que lo midan

    El paisaje no existe sin unos ojos que lo toquen y unos pies que lo midan. Después sucede todo lo demás, pero esas son las dos condiciones fundamentales. Si no hay alguien que lo mire y que lo pise, el paisaje se convierte en una mera sucesión de parajes, por lo que es el individuo el que lo completa, del mismo modo que es el espectador el que completa una obra de arte.

  • Barcelona y el misterio como refugio

    Necesito misterio en mi vida. Eso es lo que le digo a mi mujer cuando buscamos una película de ciencia ficción para acabar la tarde del domingo o cuando planeo un gran paseo para sacudirme el cuerpo y liberarme de la insaciable y neurótica trituradora en la que se ha convertido la realidad en la que vivimos. Y cuando eso sucede, siempre acabo buscando entre los cabos sueltos de lo oculto el material necesario con el que trenzar alguna nueva ficción en la que encastillarme.

  • Celebremos a los artistas en vida

    Hoy escribo sobre celebrar en vida la obra de esos artistas que nos enseñan nuevas forma de escuchar y mirar el mundo. Porque siempre es mejor ser puntual con una copa de vino que llegar a destiempo con una corona de flores.

  • La gota del mango de la Bialetti

    A medida que pasan los años, uno empieza a buscar en las tiendas y en los bazares aquellos objetos que dan calidez al hogar porque sabes que te acompañarán y que envejecerán contigo.

  • Salir de la ciudad caminando

    Es difícil poner palabras a la desbordante necesidad de salir de la ciudad caminando, al arrebato de ir hacia los límites, a la transverberante llamada a afuerarse.

  • Cómo medir el arco de un parpadeo

    Cómo medir el arco de un parpadeo, la extensión máxima de la caja torácica al respirar, el paso mínimo, la apertura de las narinas al llegar a lo alto de un monte. Cómo medir la temperatura de una caricia en una despedida. O en un encuentro. O su coeficiente de fricción en un día húmedo de verano.