Solve et coagula: esculpiendo como un alquimista

Barcelona, 22 de marzo de 2024

Michael Maier (1568-1622) fue un médico, filósofo y alquimista alemán, consejero del emperador Rodolfo II de Habsburgo, quien tenía un especial gusto por lo oculto. La principal obra de Maier que llega hasta nuestros días es «Atalanta fugiens» (La fuga de Atalanta, 1617), un libro de emblemas alquímicos que contiene cincuenta discursos ilustrados a buril por Matthäus Merian. Cada discurso va acompañado de un verso epigramático, una prosa y una pieza musical. 

La alquimia es una antigua práctica protocientífica y filosófica que extiende sus ramas hasta el arte y que comprende un conjunto de especulaciones, experiencias y prácticas, a menudo de naturaleza esotérica, que se centra en dar forma tangible a conceptos espirituales a través de la transmutación de la materia. La alquimia ejerció una influencia seminal en el surgimiento de la química moderna, la metalurgia, la medicina, la astrología o la semiótica.

En uno de los emblemas de La fuga de Atalanta se puede observar a un anciano alquimista persiguiendo a la Santa Naturaleza, una joven de figura esbelta que porta flores en su mano izquierda y frutos de la huerta en su mano derecha mientras avanza con un paso tan seguro que prácticamente se sale de la composición. Detrás de ella vemos al viejo alquimista, caminando con torpeza, a tientas, ayudado de un bastón e iluminando el camino con su candil mientras observa a través de sus gruesas lentes el rastro de huellas que ha dejado la Naturaleza. Maier y Merian plasman así la labor y el método del alquimista en su proceso de realización de la Gran Obra. 

Como suele suceder en esta clase de emblemas, hay que fijarse en los detalles para descifrar sus símbolos: las lentes del anciano representan la experiencia, el candil hace referencia a la luz de las lecturas (legere et relegere), el cayado simboliza la razón y las huellas describen la tradición heredada. La Gran Obra alquímica —la consecución del oro alquímico y de la piedra filosofal— no persigue la riqueza material, sino que es en sí misma un proceso simbólico de la búsqueda de la iluminación, la sabiduría y la salvación a través de la experiencia, ya sea la que uno adquiere en la penumbra del laboratorio o la de otros alquimistas del pasado, recogida en sus escritos. Los alquimistas, pese a su búsqueda de contacto material y espiritual con lo santo, no caían en la tentación de confundirse a sí mismos con el Mesías. Más bien se sentían como el asno que transporta al Cristo para que pueda ser visto y recibido en su entrada triunfal en Jerusalén durante el Domingo de Ramos. Por ese motivo escondían su identidad bajo pseudónimos y oscurecían y velaban sus textos para los no iniciados, inscribiéndose dentro de una tradición esotérica y de un continuo histórico que se extendía hasta la noche de los tiempos.

El proceso simbólico de la Gran Obra alquímica se desarrolla a través de tres fases fundamentales: unidad, separación y reunión. En la primera etapa, la unidad representa la realidad primordial, única y completa. La fase de separación implica la ruptura de esta unidad, donde se disuelve lo heterogéneo —lo burdo— y se reserva lo homogéneo —lo sutil— a la espera de una nueva síntesis. Por último, la fase de reunión marca el retorno a la unidad, donde las partes se reintegran íntimamente y se coagulan en armonía espiritual y formal. Una vez realizadas la separación y la reunión —solve et coagula—, emergen los milagros de la obra secreta de la Naturaleza —«los milagros de una sola cosa», como decía Hermes Trismegisto— y el alquimista resuelve el misterio de la Tierra y el Cielo, combinando «los poderes de lo que está arriba y lo que está abajo» para ganar la gloria y expulsar la oscuridad.

El proceso de transmutación de la Gran Obra alquímica busca que el espíritu se convierta en cuerpo y que el cuerpo se convierta en espiritu a través de la transformación de la materia en el medio adecuado para tal tarea, logrando así la conjunción de las naturalezas contrarias, la coincidentia oppositorum. La búsqueda y el hallazgo de ese medio necesario para reunir lo espiritual y lo material, lo volátil y lo fijo, constituyen el principio ineludible de la Gran Obra. Este proceso encuentra profundos paralelismos con la transubstanciación de la Eucaristía, donde la corporeidad se transforma en espiritualidad por acción del Espíritu Santo, pero lo relevante para mí es su parecido con el proceso de análisis y síntesis, a caballo entre la experiencia y la especulación, que llevo a cabo como artista en el taller.

El verdadero hacer de forma creativa es el ficcionar, el poetar, el imaginar. La producción mágica de una imagen que surge de un proceso de desencriptado y reencriptado que deriva en una armonía formal y material. Cuando trabajo en torno a un campo de problemas complejo —la unidad—, lo primero que hago es dividirlo en conceptos más sencillos —la disolución—, reservando únicamente aquellos que son verdaderamente esenciales y descartando los superfluos. A continuación reorganizo la selección en nodos y trato de conectar —de coagular— esas ideas esenciales entre sí en un objeto o una imagen. Esas conexiones son las que que acaban reencriptadas en un juego liminal entre la forma, la materia y el cuerpo. La forma es la encargada de conjugar y puntuar el espacio con respecto a la escala corporal y el material, a su vez, aporta la substancia poética, rimando la forma con el tiempo y dando lugar a la atmósfera que encierra la experiencia encarnada de la obra.

Por ese motivo trabajo con una familia de materiales con carga histórica y potencia poética. Esa familia funciona como un silabario que busca acompañar al espectador, facilitándole la lectura y la interpretación. Lo mismo sucede a nivel formal, ya que en mi principal inspiración reside en el universo vernáculo de mi entorno, del territorio que piso y habito. Me interesa la crudeza y la precisión de lo primitivo, la belleza intrínseca de lo austero y lo elocuente de esas formas y materiales que nos hablan de nosotros mismos desde la tradición y el pasado, funcionando como el retrovisor de la historia, un espejo que me permite situarme en el presente mientras centro mi atención en avanzar hacia el futuro.

Pero lo cierto es que cuando estoy en el taller, tratando de condensar con sencillez todo aquello que no se puede poner en palabras, me siento más cercano al anciano alquimista de Maier: torpe, avanzando a tientas entre libros abiertos y cacharros al fuego, tratando de buscar las huellas en el camino que me lleven a contener en un objeto o una imagen la experiencia del contacto con la Santa Naturaleza.

 


 

De todo esto hablaré el 16 de abril en la Fundación Tatiana de Madrid, dentro de «Después de la orgía», un seminario dirigido por Gregorio Luri dirigido a 25 jóvenes profesionales y académicos que desean cultivar la filosofía vital como un saber compartido y guiado y superar la cultura de la “opinización” para adentrarse en la búsqueda de lo que hay debajo de la superficialidad.