Salir de la ciudad caminando

Feáns, 15 de octubre de 2022

Todavía no me había sentado a comer pero ya sabía que no encontraría una sola silla en toda la casa que consiguiese aplacar la inquietud de mis piernas. Mientras rondaba el ventanal fijé mi mirada en las masas de color verde pino y eucalipto que delimitan la ciudad. Estaban vibrando a muy baja frecuencia, fundiéndose por momentos con el gris civilizado de la lluvia de otoño.

Me levanté de la mesa a toda prisa y me puse el chubasquero negro, las botas de piel marrón y una camisa blanca de algodón. De algún modo, uno se viste con la intención de seducir al otro y esa tarde yo tenía una cita ineludible con uno de mis amantes menos celosos: el monte del Castro de Elviña. El mismo monte que se empeña en ocultar de mi vista Feáns, el pueblo en el que nació mi abuelo Antonio. Un territorio de leiras, lavandeiras y clareos cercado y bañado por cuatro regos que se abren como los dedos de una mano que moldea las suaves pendientes del valle del río Mesoiro.

Es difícil poner palabras a la desbordante necesidad de salir de la ciudad caminando, al arrebato de ir hacia los límites, a la transverberante llamada a afuerarse. A la experiencia de dejar atrás los bloques de viviendas, las vías del tren y las grandes avenidas para subir el húmedo y sombrío camiño de Saramelos desde San Vicente de Elviña hasta el Agra do Bico. A abandonar la calzada y lanzarse a pisar los senderos labrados por las huellas de los animales. A llegar a la cumbre, remontando las sinuosas lindes de mampostería seca que perfilan el ascenso del camiño das Pínfanas, y descubrirse la cabeza para percibir en toda su dimensión el paisaje sonoro de un sábado lluvioso empapando tu ropa. A saberse solo y, sin embargo, arropado por el crujir de tus propios pasos sobre la tierra, las hojas caídas y las cortezas desprendidas. A detenerse ante el umbral del inmenso túnel bajo la autopista que marca la última frontera, el retorno a la escala humana, el pasaje de hormigón armado donde muere la ciudad y que se abre hacia el camiño de Campos que serpentea hasta Feáns. Y a la dulce y ardiente sensación de rebeldía infraleve por haber concluido esta huida silenciosa contra el tiempo y hacia el lugar de origen.