El Poble-Sec, 9 de octubre de 2024
Nada más publicar la anterior carta, me sorprendió el aluvión de respuestas que recibí de otros compañeros de oficio. Muchos me hablabais de ese nudo en el estómago, de ese temor a sentiros vulnerables por compartir vuestra visión honesta, del dolor que nace de las renuncias vitales a las que os habéis visto obligados y de la necesidad de cambiar constantemente de registro en función del interlocutor. Y ahí está el problema. Desde que vivíamos en las cavernas, la comunidad busca en nosotros —los artistas, los diseñadores y los creativos— el poder de una voz verdaderamente valiente, genuina y libre. Si ahora sentimos miedo a expresarnos es porque hemos dejado que nos arrebaten ese poder, el único que da un sentido completo a lo que hacemos.
Cuando apostamos por este camino, lo hicimos a sabiendas de que la pendiente era empinada y de que implicaba muchos sacrificios personales y profesionales. De hecho, somos muchos los que combinamos la creación artística con el diseño, la escritura, la consultoría, la producción, la docencia o los servicios intentando que, entre medias, fluyan las circunstancias de la vida en sí. Con semejante abanico de conocimientos, herramientas y experiencias cuesta creer que seamos nosotros los que tengamos que caminar de puntillas con miedo a pisar algún callo. Pero ya que hemos renunciado a tantas certezas, lo mínimo que podemos exigirnos es ser libres y aceptar que lo que define a esta profesión es su capacidad para habitar la incomodidad de los márgenes y sospechar de los límites, especialmente de aquellos que no hemos definido nosotros.
Si algo hemos aprendido de esta era de tecnificación algorítmica e hipermercantilización de la información y el consumo es que favorece las trincheras y debilita el debate sensato y el pensamiento profundo. Todo acaba pasando por una sucesión de embudos que desembocan en cámaras de eco. Y lo peor es que ha traspasado las pantallas y ha llegado a las relaciones personales, provocando un clima de tribalización francamente inquietante. En ese magma, las voces disonantes y no adscritas —las que tienen el potencial de cambiar algo o de provocar un mínimo espasmo moral— se vuelven indistinguibles del ruido, con lo que las alternativas que nos quedan oscilan entre el cinismo paralizante, el ensimismamiento y la aversión al riesgo. Esto es particularmente peligroso en la cultura, porque azuza la sensación de que vivimos en un momento de estancamiento y, como no le pongamos remedio, corremos el riesgo de pasar a la historia como una mera nota al pie.
Lo paradójico es que este entramado se valida a sí mismo permitiendo una cierta disidencia controlada que simula ir contra el poder en lo abstracto, pero que en realidad no se atreve a confrontarlo en lo concreto, invalidando cualquier otra discusión posible. Basta con advertir la distancia que existe entre los temas de la conversación pública y las inquietudes materiales y culturales de tres generaciones enteras. Y funciona, porque en el mejor de los casos promueve una autocomplaciente ilusión de rebeldía y, en el peor, un efectivo vehículo para el ascenso social sin rasguños. El problema es que nosotros —los artistas, los diseñadores y los creativos— nos hemos visto empujados a adaptar nuestras voces a ese léxico hueco, corporativo e inofensivo de los intermediarios humanos y no humanos que, de un tiempo a esta parte, son los que deciden qué merece ser visto, escuchado y consumido.
Sin embargo, esta adaptación nos está saliendo cara: hemos renunciado a una parte de nuestra autenticidad, a ejercer sin complejos de vanguardia visionaria, y el público ha tomado nota. Yo mismo he sentido ese temor a hablar en voz alta, a expresar aquello que solo me atrevía a susurrar. Como cualquier hijo de vecino con algo que perder, tendemos a pensar antes en los costes que en las oportunidades. Pero lo que ignoramos, lo que pasamos por alto, es la cantidad de personas que están esperando a abrazarnos en cuanto demos el paso. Porque eso es lo que la comunidad busca en nosotros y lo que le da sentido a este oficio: que no pidamos permiso ni esperemos a que nos abran la puerta, sino que le demos una patada y ocupemos la pista. Al fin y al cabo, la música ya está sonando, así que no queda más remedio que salir a bailar con los pasos que se sepa cada uno.


