Saber hacer para hacer saber

A los artistas nos cuesta horrores describir qué hacemos y por eso tendemos a enredarnos hablando sobre el cómo. En mi experiencia, esto ha acabado por convertirse en una ventaja más que en una debilidad. Ante esa dificultad —la de poner en palabras qué es lo que hago— he invertido una gran cantidad de tiempo y energía en la tarea de trasladar mis procesos creativos, mis intuiciones y la orientación general de mi mirada sobre el mundo que habito. Esto me ha llevado a elaborar una suerte de marco epistemológico que intenta explicar mis modos de relacionarme con la realidad y que puede ser útil para navegar la complejidad contemporánea.

Durante los periodos de cambio profundo es conveniente evitar tanto la novolatría como el desasosiego. Es cierto que un buen puñado de tareas simples y repetitivas están siendo automatizadas por la inteligencia artificial. De hecho, aquellas tareas que no requieran algún grado de intuición, creatividad, capacidad de síntesis, imaginación narrativa o manejo de la incertidumbre se automatizarán en un futuro próximo. Pero esto, aunque no lo parezca, es una gran noticia: significa que nuestras capacidades más humanas no caben en un algoritmo. Y mi intuición me dice que la forma de mirar, pensar y trabajar de los artistas es el modo más sofisticado que tenemos para entrenarlas y potenciarlas.

El arte es una experiencia sensible que encarna una promesa de sentido. Al menos, esta es la definición más ancha a la que he llegado, pero voy a intentar precisarla. Una experiencia sensible es un fenómeno perceptible a través de los sentidos. Por sí sola no es una obra de arte, pero sí es susceptible de convertirse en una. Para lograrlo necesita ofrecer una promesa de sentido: una voluntad manifiesta de articular significado sin agotarlo. Del mismo modo, una promesa de sentido en sí misma, sin la otra parte de la ecuación, no sería más que una idea lanzada al aire. Lo que persigue el proceso creativo de un artista es un equilibrio entre ambos nodos lo suficientemente sugerente y sensual como para interpelar al otro, al espectador.

La creación artística, en mi experiencia, necesita tres condiciones previas: la mirada profunda, el conocimiento sensible y el criterio sensato. Tres modos de relación con la realidad a partir de los cuales emergen capacidades complejas —de percepción, comprensión y juicio— aplicables a otros contextos inciertos y saturados de información.

La mirada profunda es una forma de atención sostenida y rigurosa que nos permite advertir la sustancia de la realidad. Los artistas miramos el mundo con profundidad, aunque un escultor y un pintor lo hacen de manera muy distinta. Un escultor, cuando observa un árbol en mitad de un prado, lo rodea y se fija en la robustez de su tronco, en la firmeza de su anclaje al suelo y en la estructura de sus ramas. Escudriña si unas se arquean de determinada manera por la acción del viento o si otras están a punto de quebrar. Pero también penetra con sus ojos debajo de la corteza, imaginando la dirección de las vetas y su sistema vascular. Un pintor, en cambio, tiende a elegir un punto de vista concreto y a centrar su atención en la luz. En cómo incide sobre aquella hoja, dejando esa otra en sombra. Instantáneamente, su cabeza empieza a formular mezclas de color: este tono para la primera mancha, esos para la capa intermedia, aquel para la veladura y un par más para los realces. La mirada profunda, dicho mal y pronto, es mirar mejor. Es aprender a advertir relaciones, tensiones y dinámicas incluso cuando parecen ocultas. Es muy útil para explorar escenarios tempranos, realizar lecturas contextuales, intuir fricciones y anticipar tendencias.

El conocimiento sensible es aquel que se adquiere a través de la experiencia directa del mundo. Sé cuándo la madera va a astillarse antes de que ocurra. Lo siento en la resistencia que ofrece la herramienta, en el sonido del corte o en la vibración que recorre mi brazo. Es un conocimiento de primera mano, que se adquiere por contacto prolongado con la materia y que no es delegable, por lo que no depende de una mediación discursiva previa. Su contraparte es el conocimiento mediado o recibido, como el que adquirimos a través del lenguaje o la enseñanza. El conocimiento sensible nos aporta una comprensión significativa de lo tangible y también nos ayuda a reconocer patrones, identificar relaciones, anticipar riesgos e incluso leer climas emocionales.

La mirada profunda y el conocimiento sensible guardan una relación simbiótica con el criterio sensato, que es nuestra capacidad para formular juicios educados. Es esa luz interior que nos permite discernir los matices de una idea y nos ayuda a valorar diferentes situaciones. Cuando estoy inmerso en el proceso de creación de una obra, casi siempre llega un punto de saturación. Hay materiales que funcionan, decisiones formales que encajan y una idea que empieza a caminar sola. Aparece entonces la tentación de añadir una capa más y reforzar el discurso para asegurarme de que la obra se entienda. En ese momento, una voz me susurra al oído: si sobra, está mal. Esa voz es mi propio criterio diciéndome que cualquier añadido, por muy brillante que parezca, le restará claridad. Uno tarda años en formar ese criterio, pero cuando aparece, se activa de manera inmediata. Es como la memoria muscular del entendimiento: se entrena para que desarrolle juicios ágiles que optimicen nuestra toma de decisiones. El criterio sensato es esa intuición experta que nos ayuda a advertir la coherencia formal, material y conceptual de un sistema, a desafiar el consenso, a anticipar consecuencias de segundo orden y a mantener relaciones productivas con el error y el riesgo.

La mirada profunda, el conocimiento sensible y el criterio sensato forman un conjunto de modos de relación con la realidad que pueden entrenarse y transferirse a otros contextos. Lo que funciona en la práctica artística puede aplicarse también a la estrategia empresarial, la innovación de productos y servicios, el diseño de narrativas de marca o el manejo de entornos inciertos. En todos estos ámbitos se trabaja hoy con el mismo objetivo: construir sentido.

Al final, todo vuelve al mismo punto de partida. Aprender a mirar con atención, a comprender a partir de la experiencia propia y a juzgar cuándo avanzar o cuándo parar. No hay nada más humano. Ahí es donde la práctica artística opera como un saber hacer para hacer saber.