Barcelona, 6 de diciembre de 2024
Con la caída del muro de Berlín y la disolución de la URSS, el mundo abrazó un nuevo final de la historia y dio lugar al triunfo del progresismo liberal, el optimismo tecnológico y la economía de mercado. En ese contexto se producía una expansión económica que se nos prometía que sería sostenida. Su objetivo era disolvernos en una gran cosmópolis global formada por individuos líquidos cuya identidad emergería de sus decisiones de consumo y no de sus raíces. Como al otro lado del muro dejó de haber una alteridad con la que medirnos, esta promesa alimentó también un potente proceso de homogeneización cultural con tintes anglosajones. Todos queríamos comer las mismas hamburguesas y conducir los mismos coches, por lo que resultaba natural bailar las mismas canciones y pintar los mismos cuadros.
Pero llega 2008, estalla esta interminable permacrisis y, en un abrir y cerrar de ojos, pasamos de la borrachera del optimismo a la resaca del catastrofismo. Cada cambio de ciclo trae consigo una sustitución de élites y las nuevas declararon que la civilización occidental había alcanzado su cumbre y que nuestra penitencia consistía en un descenso hacia el colapso que ellos mismos se encargarían de pilotar. De ese modo, el progresismo abandonó la senda del desarrollo material para volverse timorato, moralista y tribalizante, aliándose sin sonrojo con la peor cara del capitalismo tardío para implementar su visión fatalista del mundo.
La crisis material se convirtió así en una crisis existencial, y el característico apetito de finales del siglo XX se transformó en náusea con el cambio de milenio. La consecuencia de este volantazo es que tres generaciones enteras afrontan hoy su futuro con miedo, algo inaudito en la historia. Tres generaciones encarando la incertidumbre de la juventud como un freno y no como un aliciente. Ni siquiera los supervivientes de las dos guerras mundiales tuvieron tal falta de fe. Y es comprensible, porque ese miedo nace de unas condiciones materiales que no dejan de empeorar desde hace casi dos décadas, especialmente en España. Un miedo que nadie atiende porque la conversación pública está secuestrada por las trincheras, los ciclos comunicativos y los enemigos abstractos, impidiendo que el debate se centre en buscar soluciones concretas para necesidades urgentes.
Esta crisis existencial, como no podía ser de otro modo, tiene su reflejo en la cultura que producimos. Es justo reconocer que el arte ha perdido parte de su poder transformador y que algo tendrán que ver esos algoritmos que perfilan todo aquello que consumimos, pero lo preocupante es que han acabado afectando también a lo que creamos. Los artistas somos bombardeados una y otra vez con las mismas referencias, lo que va minando silenciosamente el espacio de la imaginación y acaba reduciendo el margen de sorpresa y descubrimiento para el público. A todos nos inunda el hastío al observar la proliferación de refritos en el cine, la televisión, la música o la moda. Es agotadora la sucesión de exposiciones inmersivas sin obra original y las revisitaciones de glorias del pasado. Y es alienante caminar por la ciudad y observar cómo los coches, la ropa, el mobiliario urbano y hasta los edificios han caído en ese insípido millennial gray. Todo se ha vuelto tan predecible que ver esos coloridos cantos al misterio, el amor y la familia de las películas de Alice Rohrwacher un día entre semana en una sala de Gràcia se siente como algo contracultural.
Esto no sucede porque exista una falta de ideas y talento. Hay más gente que nunca produciendo arte y diseño, pero las lógicas contemporáneas dictan que es más rentable ofrecer al público lo que ya conoce que arriesgarse a fracasar en el intento de sorprender, incomodar o emocionar de forma genuina. Por eso las voces disonantes acaban ahogadas por el ruido, arrastradas por la corriente o agotadas de tanto predicar en el desierto. Pero no todo es culpa de la gran conspiración de los algoritmos, las pantallitas y los telefoninos: hay otros factores en este estancamiento que nos tocan más de cerca. Uno de los más preocupantes es la pérdida de prestigio de la cultura. Tener conocimientos culturales ya no permite el ascenso social ni se percibe como un rasgo distintivo. Por otra parte, el artista ha dejado de ser el agente visionario de la comunidad. Cuando vivíamos en las cavernas, los artistas eran quienes percibían y representaban lo que para otros era invisible. Hoy, ya sea por la coyuntura o por simple dejación de funciones, la mirada del artista ha dejado de tener un papel central en nuestra visión colectiva del mundo para convertirse en un elemento subordinado al servicio de los intermediarios de la tecnología, la curaduría y la comunicación.
Por todo esto es evidente que el panorama creativo de hoy es cada vez más uniforme, predecible, ensimismado y autorreferencial, pero, ¿qué nos sucede? ¿Sufrimos una crisis de futuro o es nuestra imaginación la que ha perdido la fuerza para plantear otros caminos? ¿Está restringiendo nuestro ingenio la misma tecnología que amplía nuestros medios de creación? ¿Es nuestra obsesión con el pasado un mecanismo de defensa ante la incertidumbre? ¿Cómo podemos esquivar el vicio de la nostalgia sin caer en el pecado de la novolatría? ¿Estamos condenados a ser una nota al pie en la historia o podemos encontrar una salida a este estancamiento cultural?
Si has llegado hasta aquí buscando respuestas o certezas, siento decepcionarte. Lo que sí te puedo ofrecer es una intuición fuerte que ha crecido en mí durante los últimos años: esto que se ha roto —porque algo se ha roto y tú también lo notas— solo se podrá coser si buscamos un propósito trascendente en lo que hacemos. Yo lo encontré en la convicción de que todavía existen historias por contar escondidas en nuestro paisaje común, en las raíces robustas de la tradición y en la necesidad de conservar y legar a otros lo que a mí se me dio en herencia. Esa es mi estrategia para dotar de profundidad a un presente que en ocasiones se me antoja anémico: trenzar mi labor con la de quienes me precedieron para dejarle a los hijos de nuestros nietos un futuro sensatamente imperfecto y francamente mejorable, sí, pero cargado de significado. Acepto fracasar en el intento, faltaría más, pero al menos he dejado atrás la sensación de estar remando en círculos.


