Pongo mi pie desnudo en el umbral / Appleton

Appleton (Lisbon, PT)
15 June / 22 July 2021
Curator: David Barro

 

Pongo mi pie desnudo en el umbral is the last chapter of a project by Christian García Bello (Galicia, 1986) for Appleton (Lisbon, PT) and Fundación DIDAC (Santiago de Compostela, ES) curated by David Barro. This exhibition is based on a short story written by the artist which is the tale of a discovery: the travel diaries of a woman named Dirse who made a pilgrimage from Antwerp (Flanders, Belgium) to A Guarda (Galicia, Spain) sometime between the 16th and 17th centuries and who spent her last days on the Monte de Santa Trega, looking at the route and the mouth of the river Miño, the natural threshold that separates Galicia from Portugal.

The title —a verse by the Galician poet José Ángel Valente— leads us to think of a story that begins, that advances by walking, touching, stepping, as happens in the story that forms the backbone of the project.

This exhibition is presented as a collection of fragmented and overlapping views on the history of Dirse that punctuate the room and articulate a spatial narrative around the landscape, spirituality, ritualism and architecture, articulating the sanity of vernacular forms with the austerity of materials to build complex, poetic and sophisticated devices. The main twist of this second exhibition is the incorporation of a number of variations on my own pieces.

 

Photos:
Bruno Lopes

 

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Dirse

Un relato de Christian García Bello

 

—Mira, a ver si te acuerdas de esto.

Me llevó a través del pasillo hasta la sala, ese espacio de la casa que en Galicia estaba destinado a la contemplación y no al disfrute. La estancia estaba dominada por un tresillo intacto, una ventana con vistas a la carretera y un gran aparador de castaño que ocultaba completamente el muro. Abrió una de sus puertecillas acristaladas y sacó con cuidado un primitivo cuchillo de hierro que debió permanecer allí ignorado durante décadas.

—Siempre preguntabas por él. Con la de cosas que hay en la vitrina y tú solo tenías ojos para este cuchillo.

—Pues no lo recuerdo, la verdad.

—Es que eras muy pequeño, por eso no te dejábamos cogerlo. Mira cuánto pesa. No sé qué edad tendrías, pero tu padre todavía tenía aquel Ford Orion de color rojo.

—No, era un Ford Escort.

Tenía que estar hablando del 90 o del 91, así que yo tendría 4 o 5 años. Por aquel entonces viajábamos a menudo a Camposancos pero hacía mucho tiempo que yo no volvía por allí. Me intrigaba el cuchillo. Entre la pátina y esa forma tan elemental podría ser de cualquier época, pero no había duda de que había salido del taller de un herrero. El peso estaba equilibrado y era cómodo en la mano. Un rizo circular en el extremo cerraba el mango y permitía colgarlo en la pared. Me preguntaba si sería de mi bisabuelo, aunque no imaginaba para qué querría semejante cuchillo un sastre

—No, no era suyo. Lo encontraron en el monte antes de arreglar el castro y me lo regalaron. No recuerdo bien la historia porque lleva ya muchos años en casa.

—¿Lo encontraron en Santa Trega?

—Claro, allá arriba. Quien te puede contar la historia es Tinito, que la conoce bien.

—¿El tío Tino?

—No, Tinito. El que estaba ayer en la barra mientras tomábamos el café. Pregúntale mañana.

Mientras caminaba por el arcén, bordeando la falda del Monte de Santa Trega, me imaginaba a mí mismo treinta años atrás, colándome en esa sala con mi metro escaso de altura para mirar a través del vidrio del aparador aquel cuchillo que había olvidado y ahora me fascinaba de nuevo. Me encontraba bien allí, de vuelta. El sol pica de una forma diferente en esa frontera dibujada por el Miño. Poco a poco iba dejando atrás O Pasaxe y el puerto desde el que partió el pailebote en el que Manuel Antonio escribió De catro a catro. Ya no queda nada de aquello salvo unos cuantos muelles en desuso. Llegué al pueblo a mediodía y en la plaza se notaba el trasiego de gente haciendo recados. Tinito era un hombre corpulento que pasaba los días de su jubilación entre paseos, conversaciones casuales y tres o cuatro bares del centro de A Guarda. Nunca habíamos charlado sin estar mi tío presente, así que pedí una cerveza y aproveché el saludo para preguntarle directamente por el cuchillo. Sonrió con la mirada todavía puesta en el botellero del café Oasis y se giró hacia mí con los ojos cargados de nostalgia.

—Claro, el cuchillo de Dirse.

Tinito era un sobrino segundo de Constantino Candeira, fundador de aserraderos, almacenes de cereales, astilleros y empresas de cabotaje en Vigo, Camposancos, Ponteareas y Salvaterra de Miño. Fue diputado republicano y alcalde de A Guarda durante unas pocas semanas, cargo al que renunció por desacuerdos con el Gobierno Civil. Lo que no sabía es que Constantino Candeira también había sido una parte fundamental de la Sociedad Pro-Monte, impulsando las primeras excavaciones arqueológicas en el castro de Santa Trega.

—Mira, las primeras excavaciones en el monte se hicieron entre 1913 y 1926. Mi tío propuso esas excavaciones porque él intuía que allí había algo de valor. Lo que no dijo entonces es que él ya había hecho sus propios descubrimientos.

Hizo una pausa para darle un trago a su copa de vino. Lo hizo sin ánimo teatral. Tinito hablaba con naturalidad, no intentaba cautivarme, más bien me estaba tanteando, midiendo si mi curiosidad era genuina o si era una simple forma de acompañar el aperitivo estival.

—Mi tío subía de vez en cuando al monte, a la ermita. Él y un compañero iban haciendo caminos y pequeñas excavaciones en las zonas que podrían haber sido adecuadas para un asentamiento, ya que tenían localizados algunos petroglifos. También aprovechaban esas excursiones para diseñar y planificar lo que hoy es la carretera que sube hasta la cumbre. Lo que sucedió es que, excavando con una pequeña pala que llevaban, encontraron junto a la muralla del castro una serie de objetos antiguos que no se correspondían con la cultura castrexa.

La cerveza se recalentaba en mi mano y Tinito bajaba la voz. Según me dijo, lo primero que el señor Candeira sacó de la tierra aquella mañana en Santa Trega fue el cuchillo que me tenía fascinado. Y junto al cuchillo hallaron una caja que contenía un hatillo de apuntes, dibujos y breves notas escritas entre flamenco y latín que constituían una suerte de bitácora de viaje. Todo aquello estaba firmado por un nombre sin apellido: Dirse. Tinito pronunciaba ese nombre con fascinación y cariño. Después de ordenar y traducir aquel diario descubrieron que Dirse era una mujer de Amberes, probablemente una beguina y que había sido condenada en Lieja a hacer el Camino de Santiago.

—Por aquel entonces te ponían condenas así, el peregrinaje en soledad como castigo. Menuda suerte.

Con la ayuda de un marinero holandés que frecuentaba los mismos bares del puerto  que Tinito y una estudiante de la Universidad de Santiago que conocía su nieta consiguieron traducir la mayor parte de los manuscritos de Dirse. El conjunto constituía un diario desordenado en el que confluían anécdotas personales, descripciones de elementos arquitectónicos, poemas, versículos de la Biblia y estudios de plantas silvestres. Y también había un gran número de dibujos, intercalados y a veces superpuestos a los textos.

—Averiguamos que era de Amberes y que había residido un tiempo en el beguinaje pequeño de Gante, hasta que la invitaron a marcharse.

—Lo conozco. El beguinaje de Nuestra Señora de Ter Hoyen, al sureste de la Catedral de San Bavón. Cuando estuve allí pude hacerme con dos publicaciones preciosas de los años 30 que estaban en una repisa a la entrada de la iglesia. Había algunas copias más, pero como no sabía si podía llevármelos recuerdo haber dejado dos billetes de diez euros en su lugar.

—No me digas. Metiéndote en problemas con los habitantes del beguinaje tú también, ¿eh?

—¿Y por qué la expulsaron?

—No tengo ni idea. La verdad es que Dirse debía ser todo un carácter. En los textos te puedes encontrar las mismas críticas al Papa de Roma que podría hacer Lutero acompañadas de comentarios sarcásticos contra la santurronería gregaria de los protestantes. Era una individualista convencida y tenía una idea de Dios y del cristianismo muy personal, pero que no intentaba imponerle a nadie. Así acabó en Lieja, juzgada y condenada.

—Pero si hizo el Camino de Santiago como penitencia, ¿por qué acabó en Santa Trega?

—Conseguimos ordenar los últimos papeles, los de su peregrinaje, porque eran de una calidad y un tamaño diferente. Eso nos facilitó la tarea. Además, esa parte es mucho más personal e íntima. También más oscura y amarga. E iba abandonando el latín para escribir únicamente en flamenco. Lo que creemos, y esto es una mera conjetura, es que cuando entró en Galicia se dio cuenta de que nadie supervisaba el cumplimiento de su condena y que era libre de caminar hacia donde quisiera, ya que no tenía motivos para volver a Flandes. Sí sabemos que pasó por Santiago porque hizo dibujos de algunos detalles arquitectónicos de la ciudad, pero también estuvo en Pontevedra porque tomó apuntes de la portada de la Basílica de Santa María la Mayor, en la que trabajó un flamenco, Cornielles de Holanda. Lo que ella ansiaba era llegar al fin de la Tierra y encontrarse con el mar, pero caminó en dirección sur hasta que el Miño le cortó el paso. Supongo que fue ahí cuando decidió subir a Santa Trega y establecerse allí.

—¿Y quién tiene esos documentos ahora?

—Están todavía en el centro cultural. No sabemos qué haremos con ellos todavía, pero vamos ahora hasta allí, si quieres verlos. Yo pago esto.

Durante el camino, aprovechando que Tinito se paraba y saludaba a todo el mundo, yo intentaba ordenar en mi cabeza toda la información que me había dado y fantaseaba con qué podría hacer yo con esos documentos. Mi gesto serio escondía una sensación ácida que recorría mis brazos hasta el cuello. Saqué el móvil y envié un mensaje apresurado: “No como en casa. Estoy con Tinito. Luego hablamos”. Tinito abrió una puerta trasera y entramos.

—Nunca llegué a devolver la llave. Tampoco nadie me la pidió de vuelta.

Accedimos a una sala pequeña, con un escritorio y una persiana que tamizaba la luz de la ventana. No parecía un lugar abierto al público, ya que allí sólo había una taza de café, algún trofeo deportivo y muchas cajas sin etiquetar. Tinito me pidió que cogiese una de color granate mientras él hacía sitio en la mesa. Se la entregué y sacó dos vasos tallados en madera y un gran fajo de papeles.

—Los que están en peor estado son los más antiguos. Yo creo que son de la época del beguinaje. Y éstos son los de su viaje. Ve mirándolos con cuidado, que son delicados. Yo voy a ver si puedo encender las luces.

Cada hoja estaba emparentada con un folio mecanografiado que contenía las traducciones de los textos. Efectivamente, no había un orden o una jerarquía clara, lo que bañaba todo aquello con un halo de misterio. Párrafos desgajados se entremezclaban con dibujos de diferente naturaleza. Pude adivinar varios paisajes, resueltos con líneas quebradas y lomas suaves, detalles arquitectónicos como ventanas, impostas, chimeneas, hornacinas y puertas de iglesias del Camino de Santiago, dibujos de sus instrumentos de viaje como un cuenco, un compás, una cadena de agrimensor, una pequeña artesa o un cuchillo y, en la última etapa, una serie de diagramas, mapas, escenas religiosas y esquemas para un refugio con un carácter ascético y geométrico  y un sabor a pintura metafísica que me cautivó. Junto a estos últimos dibujos se encontraban los textos más poéticos. Breves versos, palabras y estrofas entre la tactilidad de lo místico y lo puramente cartesiano y descriptivo. En la última página del manuscrito una línea horizontal atravesaba firme el papel de lado a lado y en la mitad superior estaban escritas en flamenco las siguientes palabras: “Ya están pisando nuestros pies tus umbrales, Jerusalén”. Reconocí al instante la cita. Se trataba de un versículo del Salmo 122, el único texto que parecía no ser de la autoría de Dirse.

—¿Me puedo llevar esto para estudiarlo esta noche?

—No, no puede salir de esta habitación. Fotografía lo que quieras, pero no puedes llevártelo, lo siento.

Saqué fotos de todo mientras me temblaba el pulso. Hice lo que pude con la poca luz que había y además percibí que Tinito tenía que marcharse. Recogimos todo en el orden correcto, cerramos la caja y volví a dejarla en el estante. Salimos por la puerta trasera y dije que había que hacer algo con todo eso, que era una historia demasiado interesante como para estar en una caja, esperando a ser devorada por los lepismas.

—Bueno, ya veremos. No depende solo de mí.

Me despedí de Tinito y doblé la carretera de vuelta a Camposancos. Se nos había echado la tarde encima pero yo ya no tenía hambre. El calor ya había dibujado en sudor la forma de mi mochila sobre la camisa para cuando entré por la puerta de casa.

—¿Comiste? ¿Te preparo algo?

— Sí, sí, ya comí, no te preocupes.

—¿Seguro? Mira que todavía quedan buñuelos calientes.

—Sí, no te preocupes. Vengo a coger las cosas para darme un baño en el río.

—Haces bien, hay que bañarse siempre. ¿Qué te contó Tinito?

—La historia de Dirse. Me llevó a ver unos escritos suyos que encontraron con el cuchillo de la sala. ¿Tú los llegaste a ver?

—No, yo no. Ya te dije que él conocía bien la historia. A mí siempre me pareció que hacía como si hubiesen encontrado algo importante, pero a mí no me interesan esos cuentos.

—Bueno. Vuelvo por la noche, ¿vale?

Salí de la casa hacia la playa de O Muiño. A esas horas todavía no había demasiada gente. Algunos terminaban su postre en el hotel y otros se refugiaban en la sombra. El calor era como una bofetada. Dejé mi mochila en la arena incandescente, la cubrí con mi camisa, guardé el móvil dentro de mi zapatilla derecha y me fui al agua. Da igual la época del año, el Miño siempre está helado en su desembocadura. Esa temperatura tan baja me provocaba una sensación de dulce cansancio de forma instantánea. En ese estado imaginé que Dirse también se había metido en estas aguas mientras vivía en su refugio en Santa Trega, junto al castro. Y seguro que ella también había convertido el baño en algo ritual, como si fuese un bautismo diario o una comunión entre el cuerpo y la corriente que la empujaba al poniente, al final de la tierra.

 

 

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Dirse

A short story by Christian García Bello

 

—Look, see if you remember this.

He took me down the corridor to the living room, that space in the house meant for contemplation, not enjoyment. The room was dominated by a full three-piece suite, a window that looked out on to the road and a large chestnut sideboard which hid the wall completely. She opened one of its little glass doors and carefully took out a primitive iron knife that must have lain there neglected for decades.

—You always asked for it. With all the things in the glass cabinet and you only had eyes for this knife.

—Well, I don’t remember it, actually.

—You were very young then, that’s why we wouldn’t let you hold it. Look how heavy it is. I don’t know how old you were, but your father still had that red Ford Orion.

—No, it was a Ford Escort.

She must have been talking about 1990 or ‘91. We often went to Camposancos then, but I hadn’t been back there for a long time. The knife intrigued me. From the patina and its elemental shape, it could have been from any era, but there was no doubt that it had been made by a blacksmith. The weight was balanced and it was comfortable to hold. A circular curl on the end finished the handle and allowed it to be hung on the wall. I wondered if it belonged to my great-grandfather, though I couldn’t imagine why a tailor would want a knife like that.

—No, it wasn’t his. They found it on the hill before the hill fort was restored and they gave it to me. I don’t remember the story well because it’s been in the house for many years now.

—They found it in Santa Trega?

—Of course, up there. It’s Tinito who can tell you the story, he knows it well.

—Uncle Tino?

—No, Tinito. The man who was at the bar yesterday while we were having coffee. Ask him tomorrow.

As I walked along the verge, circling the bottom of Santa Trega hill, I imagined myself thirty years before, slipping into the living room, barely a metre tall, looking through the glass doors of the sideboard at that knife I had forgotten, and which now fascinated me. It felt good to be back. The sun stings differently on that border marked by the Miño. Gradually, I left A Pasaxe behind and the port where the schooner departed from aboard which Antonio Manuel wrote De catro a catro. There was nothing left of that now except a few disused wharfs. I got to the village at midday and in the square, there was the bustle of people going about their errands. Tinito was a stocky man who split his retirement days between walks, casual conversations and three or four bars in the centre of A Guarda. We had never spoken without my uncle being present, so I ordered a beer, said hello and with that, asked him directly about the knife. He smiled while still looking at the bottle rack in the Café Oasis, and turned to me with his eyes full of nostalgia.

—Of course, Dirse’s knife.

Tinito was second cousin to Constantino Candeira, founder of sawmills, cereal storehouses, shipyards and coastal fishing companies in Vigo, Camposancos, Ponteareas and Salvaterra de Miño. Candeira had been a Republican Deputy, and mayor of A Guarda for a few weeks, a post he renounced due to disagreements with the Civil Government. What I didn’t know was that Constantino Candeira had also played a fundamental part in the Sociedad Pro-Monte, driving the first archaeological excavations of the hill fort of Santa Trega.

—Look, the first excavations on the hill were carried out between 1913 and 1926. My uncle proposed those excavations because he sensed there was something of value there. What he didn’t say at the time was that he had already made some of his own discoveries.

He paused to take a sip of his wine. He did so without any dramatic effect. Tinito talked naturally, he wasn’t trying to captivate me, rather he was sizing me up, gauging whether my curiosity was genuine or simply a way to accompany the summer aperitif.

—My uncle would go up the hill occasionally, to the hermitage. He and a friend had already found some petroglyphs, and so they were making pathways and small excavations in the areas that could have been suitable for a settlement. They also used those excursions to design and plan what is now the road that goes up to the top. What happened is that one day, digging with a small spade they used to take with them, they found several ancient objects next to the rampart of the hill fort which didn’t belong to the hill fort culture.”

The beer was heating up in my hand and Tinito lowered his voice. As he told it, the first thing that Mr Candeira took out of the earth that morning in Santa Trega was the knife that held my fascination. And next to the knife they found a box containing a bundle of annotations, drawings and brief notes written in Flemish and Latin that constituted a sort of logbook of a journey. It was all signed by a name without second name: Dirse. Tinito pronounced the name with fascination and love. After organising and translating the diary, they discovered that Dirse was a woman from Antwerp, probably a béguine who had been condemned in Liège to walk the Camino de Santiago.

—In those days, that was the kind of sentence they gave you, a pilgrimage in solitude as punishment. She was so lucky.

With the help of a Dutch seaman who spent time at the same bars in the port as Tinito, and a student from the University of Santiago who his niece knew, they managed to translate most of Dirse’s manuscripts. Together they made up a disordered diary combining personal anecdotes, descriptions of architectural elements, poems, verses from the Bible and studies of wild plants. There were also a large number of drawings interspersed and sometimes superimposed on the texts.

—We confirmed that she was from Antwerp and that she had lived for a time at the Small Béguinage at Ghent, until she was invited to leave.

—I know it. The béguinage of Our Lady of ter Hoyen, to the south east of the Saint Bavo Cathedral. When I was there I managed to get two beautiful publications from the 1930s that were on a shelf in the church. There were a few other copies, but as I didn’t know whether I could take them or not, I remember leaving two ten euro notes in their place.

—You don’t say! Getting yourself into problems with the béguinage inhabitants as well, eh?

—Why did they send her away?

—I’ve no idea. Truth is, Dirse must have been quite a character. In the texts, you can find criticisms of the Pope in Rome worthy of Luther, accompanied by sarcastic comments against the gregarious sanctimony of the protestants. She was a committed individualist and had very personal ideas about God and Christianity, but she didn’t try to impose them on anyone. That’s how she ended up in Liège, tried and condemned.

—But if she did the Camino de Santiago as penance, why did she end up in Santa Trega?

—We managed to order the last papers, the ones from her pilgrimage, because the sheets had a different quality and size. That made it easier. Besides, that part is much more personal and intimate. Darker and more bitter too. She slowly abandoned Latin and only wrote in Flemish at the end. What we think, and it’s just a theory, is that when she entered Galicia she realised that no one was supervising whether she fulfilled her sentence and that she was free to walk wherever she wanted, given that she didn’t have any reason to go back to Flanders. We do know that she came through Santiago because she made drawings of some architectural details of the city, but she also went to Pontevedra, because she took notes from the facade of the Basílica de Santa María la Mayor, designed with the help of Cornelius de Holanda, from Flanders. What she longed for was to come to the end of the earth and find the sea, but she walked south until the River Miño cut off her path. I suppose that is when she decided to go up to Santa Trega and settle there.

—And who has those documents now?

—They’re still in the cultural centre. We don’t know what they’ll do with them yet, but we can go there, if you want to see them. I’ll get this.

On the way, making use of the stops Tinito made to say hello to everyone, I tried to get my head around all the information he had given me, and fantasised about what I could do with those documents. My serious countenance hid an acid sensation that ran through my arms up to my neck. I took out my mobile and sent a hurried message: “I won’t be home for lunch. I’m with Tinito. Talk later”. Tinito opened a back door and we went in.

—I never ended up returning the key. No one asked for it back either.

We accessed a small room, with a desk and a blind that filtered the light from the window. The place didn’t seem to be open to the public, as there was only a coffee cup, some sports trophies and a lot of unlabelled boxes. Tinito asked me to pick up a maroon box while he made space on the table. I handed it to him and he took out two carved wooden cups and a large sheaf of papers.

—The ones in the worse state are the oldest. I think those ones are from the béguinage period. And these ones are from her journey. Take care when you’re looking at them, they’re delicate. I’ll go and see if I can turn the lights on.

Each piece of paper was paired with a typed-out sheet which contained the translations of the texts. In effect, there was no order or clear hierarchy, which bathed it all in a halo of mystery. Broken off paragraphs were mixed up with drawings of a different nature. I could make out several landscapes, described with broken lines and soft hills, architectural details like windows, imposts, chimneys, niches and church doors from the Camino de Santiago, drawings of her instruments from the journey, like a bowl, a compass, a surveyor’s chain, a kneading trough or a knife, and in the last stage, a series of diagrams, maps, religious scenes and plans for a refuge with an ascetic, geometric style, and an air of metaphysical painting that captivated my attention. Alongside these last drawings were the most poetic texts. Brief verses, words and stanzas moving between the tactility of the mystical and the purely Cartesian and descriptive. On the last page of the manuscript, a horizontal line crossed the page firmly from one side to the other, and in the upper half were written the following words in Flemish: “Our feet are standing in your gates, Jerusalem”. I recognised the quote instantly. It was a verse from Psalm 122, the only text that didn’t seem to be written by Dirse.

—Can I take this with me to study it tonight?

—No, it can’t leave this room. Take photos of whatever you like, but you can’t take it with you, I’m sorry.

I took photos of everything with shaking hands. I did what I could with the little light there was and I also noticed that Tinito needed to leave. We collected everything up in the correct order, closed the box and I put it back on the shelf. We went out through the back door and I said that something had to be done with all of that, that it was too interesting a story to be in a box, waiting to be devoured by the silverfish.

—Well, we’ll see. It’s not only up to me.

I said goodbye to Tinito and took the road back to Camposancos. The afternoon was getting on but I was no longer hungry. The heat had traced the shape of my rucksack on my back in sweat by the time I walked through the door of the house.

—Have you eaten? Shall I make something for you?

—Yes, yes, I’ve already eaten, don’t worry.

—Are you sure? There are still some hot fritters left.

—Yes, don’t worry. I’ve come to pick some things up to go and have a swim in the river.

—That’s a good idea, one must always bathe. What did Tinito tell you?

—The story of Dirse. He took me to see some of her notes that they found with the knife in the living room. Did you ever see them?

—No, I didn’t. I told you he knew the story well. I always had the impression that they seemed to have found something important, but I’m not interested in those stories.

—Right. I’ll be back in the evening, ok?

I left the house and headed for O Muiño beach. At that time of day, there still weren’t many people. Some were finishing their dessert at the hotel and others were taking refuge in the shade. The heat was like a slap in the face. I left my rucksack on the incandescent sand, covered it with my shirt, put my phone in my right trainer and went down to the water. Whatever time of year, the mouth of the Miño is always freezing. That low temperature immediately produced a sensation of sweet tiredness in me. In that state, I imagined that Dirse had also bathed in these waters when she was living in her refuge in Santa Trega, by the hill fort. And for certain, she had also turned the swim into a ritual, as if it were a daily baptism or a communion between her body and the current, pushing her west, to the end of the earth.