Sant Andreu del Palomar, 20 de noviembre de 2024
Los romanos solían bautizar los lugares que conquistaban con nombres ya existentes en su cultura. Al nombrar colinas y ríos con referencias a su propia espiritualidad lograban reconocerse en el territorio, legitimando así su dominio e integrando a la nueva población en la gran cosmovisión de Roma.
Un ejemplo local de esta práctica sincrética nos la regaló el geógrafo Pomponio Mela en el siglo I, ya que gracias a él sabemos que los romanos llamaban “Mons Iovis” (monte de Júpiter) al Montjuïc de nuestros días. No obstante, la teoría más aceptada acerca del origen del nombre de esta montaña es que podría derivar del latín medieval «Mons Judaicus” (monte de los judíos). Esta teoría se apoya en el hecho de que en la colina de Montjuïc existió un enorme cementerio judío en la Edad Media, ubicado en la ladera que hoy ocupan el Mirador del Alcalde y los Jardines de Joan Brossa. Después del progromo del verano de 1391, el cementerio sufrió el abandono y el saqueo de las lápidas funerarias. Algunos fragmentos de estas lápidas pueden verse incrustados en los muros de la Ciutat Vella, como los del Palau del Lloctinent. Ahí están, al alcance de la mirada atenta y curiosa de cualquiera que desee recomponer nuestro paisaje común.
Todos tenemos algún monte Júpiter en nuestra geografía personal, o incluso más de uno. Un lugar al que acudimos para volver a sentirnos en casa y que buscamos inconscientemente cuando estamos lejos de ella. El más importante para mí probablemente sea el monte de San Pedro de Visma, en A Coruña. Estudié a sus pies, me enamoré en su falda y he recorrido cientos de veces los caminos que desembocan en su cumbre abierta al Atlántico. Por eso me pesa en el corazón saber que el más especial de todos, el que conectaba A Gramela con el alto del monte, ha sucumbido ante el avance de las excavadoras.
Lo lloré con mis propios ojos hace algunos días, pero al regresar a Barcelona, mientras rastreaba posibles rutas de ascenso a Collserola desde Sant Andreu, descubrí el sustituto perfecto: el camino que une Horta con Sant Genís. La zona de Horta siempre fue fértil, de ahí su carácter agrícola y su perfil trufado de antiguas fincas y masías, orbitando alrededor de ese núcleo compacto que crece en torno a la plaza de Eivissa. A inicios del siglo XX, el tranvía transformó la zona alta en un lugar de veraneo y muchas masías se convirtieron en imponentes casas señoriales. En la primera mitad de este camino, el que va desde la Clota hasta la avenida Cardenal Vidal Barraquer, todavía se puede observar ese carácter plenamente rural. El segundo tramo, el que atraviesa la antigua finca de Martí-Codolar, Can Paronet y el Convent de les Mínimes, nos permite imaginar la radical transformación que sufrió la ciudad hace más de cien años. De algún modo, el camino de Horta a Sant Genís me traslada por momentos al que unía A Gramela con Visma, o al camino de Saramelos que trepa hasta la Zapateira, o al camino de Mende, en Ourense, que baja hasta encontrarse con el río Lonia, o incluso a algunos tramos de la senda que corre paralela al Lagares, en Vigo. Entre ellos hay algunas similitudes y también enormes diferencias, pero todos me han permitido leer el territorio, hacerlo mío y reflejarme en él.
Los artistas tendemos a solapar una obsesión con otra y además estamos condenados a convertir esa pila de obsesiones en trabajo. Sé que acabaré diluyendo mi fascinación con Monjuïc gracias a este nuevo flechazo, pero lo que me empuja a remontar caminos y subir montes no es una obligación profesional, sino que es algo más profundo. Lo que guía mis pasos es una pulsión genuina, visceral. Una brújula que me orienta en mi geografía interior. Porque reconocerme en mi patria chica, allá donde esté, es la manera más sincera de encontrarme a mí mismo. Al fin y al cabo, uno no es más que un romano recién llegado buscando su monte Júpiter.


