Más allá del desierto

Barcelona, 1 de junio de 2024

Concebir una imagen del mundo sugiere una cierta ilusión de dominio sobre el mismo. Por ese motivo, la tarea de representarlo se le encargó a los artistas durante siglos. En la Edad Media, por ejemplo, no existía una imagen única y consensuada de nuestro planeta, por lo que no existía tampoco una única clase de mapa. En aquella época, los mapamundis eran objetos valiosos y escasos, con un carácter más simbólico que funcional y muy codiciados por el clero y los monarcas. Los artistas eran los encargados de representarlo a través de su imaginación y, por tanto, de diseñarlo desde una libertad creativa encauzada por las tradiciones heredadas de la Antigüedad. De ese modo, aquellos artistas medievales encargados de iluminar los códices se convirtieron en la vanguardia visionaria que configuró una nueva forma de aprehender el mundo.

Los mapamundis medievales no se limitaban a ser herramientas descriptivas, sino que tenían una genuina voluntad enciclopédica, trenzando ilustraciones y textos de carácter científico, histórico, religioso y mitológico. Buen ejemplo de ello son los mapamundis recogidos en los beatos, una serie de códices manuscritos de origen puramente hispano surgidos entre los siglos X y XIII que copian el Comentario al Apocalipsis de San Juan (776 d.C.) de Beato de Liébana. Estos mapamundis heredan la tradición de los mapas de T en O, unos mapas que repartían el orbe en tres continentes: Asia, África y Europa, coincidiendo con el reparto de la Tierra entre los hijos de Noé —Sem, Cam y Jafet— con Jerusalén siempre en el centro, en su ombligo. La O representa al océano, conteniendo el mundo con su geometría perfecta y la T articula el espacio interior formando una cruz. Su eje vertical es el Mediterráneo, que separa Europa de África, y el horizontal representa un maremagnum continuo que enlaza las aguas del Nilo con las del mar Negro y el río Don, separando Asia de los otros dos continentes del ecúmene. Estos mapas —como sucede con infinidad de iglesias y catedrales de la época— estaban orientados en su sentido literal. Es decir, apuntando hacia el este, que es la región privilegiada de donde viene la luz y donde se esconde el acceso al Paraíso, localizado en la confluencia entre el Tigris, el Éufrates, el Fisón y el Geón.

Los mapamundis de los beatos, sin embargo, van más allá de esta concepción tripartita del mundo. Por ejemplo, el Beato de Fernando I y Doña Sancha pintado por Facundo en el año 1047 d.C. muestra más detalles geográficos que los mapas de T en O, ya que la distribución de la tierra conocida deja de ser meramente esquemática. Llama la atención la representación del Paraíso encarnado en Adán y Eva, la importancia de la península Ibérica —con una destacada mención a Galicia— y la dramática reducción del tamaño de África, achicada por el cambio de orientación del Nilo, que pasa de ser un río sur-norte a mostrarse con una orientación oeste-este. Esto se debe a que el mapamundi de Facundo no solo representa el ecúmene —los tres continentes del mundo conocido— sino que deja espacio para las antípodas, la zona desconocida pero habitable del hemisferio sur a la que no se puede acceder por la frontera ardiente y sofocante del desierto, representada con una franja serpenteante de rojo encendido. Facundo recoge la concepción de que existe un cuarto continente del libro de geografía de las Etimologías de San Isidoro de Sevilla (625 d.C.), que añade que este lugar desconocido está habitado por el pueblo de los antípodas, llamados así porque pisan al revés que nosotros, ya que pisan desde el otro lado. Estos antípodas aparecen también en otros beatos posteriores como el de El Burgo de Osma, pintado por Petrus en 1086 d.C., y se les representa como esciápodos, unos seres mitológicos ya mencionados por Aristófanes y Plinio el Viejo que tienen un pie de tal tamaño que les sirve para darse sombra y protegerse así del calor. Teniendo esto en cuenta, cabe pensar que si los artistas medievales que pintaron estos mapas aceptaron que nuestro planeta disponía de una zona habitada y conocida y otra zona también habitada pero inaccesible, es que quizá su concepción geométrica del mundo no era plana sino esférica, como una pelota flotando en una masa de agua contenida a su vez en un cuenco semiesférico. Como los artistas de entonces aún no habían caído presos de la dictadura renacentista de la perspectiva cónica, quizá quisieron representar nuestro planeta desde una vista cenital para regalarle a nuestros ojos mortales la mirada elevada de Dios, pintando una tierra emergiendo de las aguas oceánicas, atravesada por vientos y rodeada del mismo fuego de la espada flameante con la que se cierra el Edén descrito en el Génesis.

A estos artistas medievales que iluminaron los beatos se le trasladó la responsabilidad de poner imágenes allá donde no llega la palabra, interpretando y representando la dimensión sensible y misteriosa del mundo de ayer y del mundo de mañana, porque la verdadera tarea de los artistas desde la Antigüedad es hacer visible lo que para otros es invisible, reencantando y remitificando nuestra mirada para mostrar con precisión dónde estamos y hacia dónde vamos. 

Le Corbusier dijo que prefería dibujar a hablar porque dibujar deja menos espacio para la mentira. Y nosotros, como generación, hemos dejado el diseño del mundo que viene en manos de los que siempre hablan y jamás dibujan. Si por ellos fuese, nunca nos habríamos acercado a la franja llameante que nos separa de nuestras antípodas, porque para albergar el ingenio, la fe y la esperanza que requirió cruzarla, alguien tuvo que imaginar antes que el mundo continuaba al otro lado. Hoy, esta aristocracia mediocre y timorata no ha hecho más que enredarnos en una ensimismada batalla semántica para pilotar nuestro propio declive, agudizando la falsa sensación de que hemos llegado al final del camino y convenciendo a los demás de que más allá solo nos espera un sol abrasador. 

No tenemos una crisis de futuro, tenemos una crisis de imaginación. Uno se da cuenta de ello al observar que, durante las últimas décadas, la fuerza creativa del arte ha perdido su poder de influencia sobre el mundo y que la imaginación artística se ha entumecido bajo el parloteo solipsista de unos intermediarios que jamás se dejan la piel ni se juegan la cartera. Para romper con esto, a los artistas solo nos queda sacudirnos los complejos, coger el lápiz y reclamar nuestro papel de vanguardia visionaria capaz de dibujar un mapamundi que nos permita enfrentarnos al mañana. No solo para orientarnos aquí, en el mundo conocido, sino para imaginar qué nos espera más allá del desierto.