Lo abstracto y lo concreto: una nueva síntesis para un cambio de era

Gerhard Richter, el artista alemán, dijo a principios de los ochenta que un cuadro abstracto es un modelo ficticio, porque presenta una realidad que no podemos ver ni describir, pero cuya existencia podemos intuir. Treinta años antes, Robert Motherwell dejó escrito que la labor del artista abstracto reside en seleccionar ciertas cualidades de la realidad, y darles un énfasis tal que el objeto original del que provienen deje de ser reconocible.

En el pasado, trabajar con tecnología significaba entender su arquitectura física. Diseñabas el circuito, imprimías la placa y la montabas con el soldador en la mano. Sabías exactamente qué hacía cada componente porque lo habías puesto tú mismo. Después empezaron a llegar los ordenadores a nuestras casas y el código se convirtió en el nuevo nivel de contacto. Ya no toqueteabas el hardware, pero sí escribías las instrucciones que lo gobernaban. Después llegaron las interfaces visuales y el código quedó enterrado bajo ventanas, iconos y menús. Ya no hacía falta escribir comandos para usar un ordenador. Después llegó internet y los archivos, las fotos y el software dejaron de vivir en nuestras máquinas para alojarse en servidores que no sabríamos ni situar en un mapa. Después, el smartphone cayó en nuestras manos y se convirtió en un oráculo de vidrio que se gobierna con gestos. Y hoy conversamos a viva voz con cualquiera de nuestros dispositivos con absoluta normalidad.

Cada salto nos ha dado más potencia y más rapidez. Y en cada salto hemos dejado atrás un nivel de concreción. Hemos pasado de soldar con estaño a interactuar con una inteligencia artificial. La tecnología ha hecho con la realidad lo que Richter y Motherwell describían: ha seleccionado ciertas cualidades —la utilidad, el rendimiento, la velocidad— y les ha dado tanto énfasis que el sustrato que las sostiene ha dejado de ser reconocible. Lo abstracto ha opacado lo concreto.

Este proceso va más allá de la tecnología. Europa se lanzó hace décadas en brazos de la abstracción. Decidió que fabricar era cosa del pasado y que gestionar y comunicar era el nuevo oro, así que nos desindustrializamos con orgullo y lo llamamos progreso. Mientras tanto, otros seguían fabricando y soldando, manteniendo el contacto con lo concreto que nosotros habíamos decidido delegar. En las organizaciones ocurre lo mismo. La conversación se ha llenado de significantes vacíos: estrategia, transformación, propósito, innovación. Palabras que flotan con una elegancia impostada e inquietante y que sostienen un modelo burocratizado que nos ha vuelto más frágiles y dependientes.

Ante esto, la tentación es reaccionar. Declarar que lo abstracto ha sido un error y que hay que volver a lo concreto cuanto antes. Pero reaccionar no es pensar. Pensar es esforzarse en encontrar una nueva síntesis. Un intersticio donde ambos planos se potencien.

¿Y dónde podríamos encontrarla? ¿Qué oficio, qué práctica, qué forma de operar mantiene vivos esos dos planos a la vez? ¿Cuál es la disciplina que, por su propia naturaleza, no puede disociar lo abstracto de lo concreto?

La respuesta es el arte. Ese es el modelo de síntesis en el que debemos inspirarnos. Su práctica exige mantener en tensión las dos dimensiones de forma simultánea. La materia y la idea. Lo que se toca y lo que significa.

La manera es la forma en que el artista cultiva esa tensión. No es un método. El método intenta cubrir todas las variables por extensión, buscando el control total del proceso y presentándose como una solución eficaz y universal. La manera es otra cosa: un saber hacer que se mueve con soltura en la incertidumbre y se apoya sobre tres capacidades que los artistas entrenamos a diario: la mirada profunda, el conocimiento sensible y el criterio sensato.

La mirada profunda es una forma de atención sostenida y rigurosa que nos permite advertir lo que hay bajo la superficie de las cosas, la sustancia de la realidad. El conocimiento sensible es aquel que se adquiere a través de la experiencia directa del mundo y ancla el saber en lo tangible. Y el criterio sensato es esa intuición experta que nos permite formar juicios educados para afrontar problemas complejos.

La creación artística entrena esas tres capacidades porque no permite la disociación. Cada decisión abstracta tiene una consecuencia concreta, material. Y cada decisión concreta afecta a la idea, al concepto o a la intención. Esa exigencia continuada, sedimentada durante años, define mi oficio.

Pero la manera puede trascender las paredes del taller. Un saber hacer que mantiene en tensión lo abstracto y lo concreto es exactamente lo que necesita cualquier proyecto, empresa u organización que aspire a prosperar en este cambio de era. De la eficacia ya se encargarán las máquinas. La manera artística es el modelo operativo para construir lo que las máquinas nunca podrán darnos: el sentido.

 

Créditos de la imagen:
Gerhard Richter
16. März 03 (2003)
Óleo sobre fotografía a color