Las herramientas que heredamos

A Coruña, 23 de noviembre de 2023

Buena parte de las herramientas que uso a diario en el taller eran de mi abuelo Antonio. Soy hijo, nieto y sobrino de personas que sabían cómo construir una casa, cómo elaborar un queso, cómo coser un pantalón tejano o cómo cambiar una rueda. Por eso he heredado gubias, punzones, paletas, martillos y hasta un taladro Black & Decker DNJ 52 que, medio siglo después de ser fabricado en Francia, sigue perforando el granito sin dificultad.

Todas ellas tienen más edad que yo. Se nota en su pátina y en sus mellas. Pero mi abuelo no sólo sabía emplear correctamente sus herramientas, sino que también sabía repararlas y fabricarlas a su medida. Basta fijarse en esos mangos hechos con patas de sillas que pasaron a mejor vida.

En las últimas semanas no dejo de encontrarme a compañeros a los que les cuesta encontrar maestros joyeros, maestros cristaleros o maestros de la confección con los que trabajar por la falta de relevo generacional y empresarial. Una vez quebrada la ensoñación cosmopolita de Fukuyama, el reloj de la historia se ha puesto en marcha de nuevo y nos ha pillado en fuera de juego, jubilando a las personas que mejor conocen cómo utilizar las herramientas más valiosas y versátiles de las que disponemos: nuestras propias manos.

Por eso le doy tanto valor al aprendizaje diario y a cada nuevo conocimiento al que accedo en el taller, ya sea teñir, planchar, coser o encerar un tejido, con su tradición, su poesía y sus alquimias. Porque el estudio del pasado solo importa si sirve para dar profundidad al presente. Y si el presente que se nos propone es vulgar, insustancial, vacuo, frío y desprovisto de humanismo es que ha llegado el momento de rebelarse. Mi militancia está en lo sofisticado, en lo significativo, en lo sustancial y en lo cálido. En lo bello, lo bueno y lo verdadero.