La importancia de las recetas con apellido

El Poble-Sec, 22 de diciembre de 2022

Ésta es la primera Navidad que pasaré lejos de mi ciudad, así que ando un poco atareado preparando el menú de esta tanda de vísperas y festivos, que aquí arranca con tres seguidos, uno detrás del otro. La liturgia de las comidas y las cenas navideñas es algo que conviene tomarse en serio, especialmente si uno está estrenando la vida de casado. Se puede decir que una persona cocina bien cuando domina las recetas tradicionales, así que resulta obvio asumir que mi hermana es una maestra por hacer el mejor cocido del sur de Europa y que mi señora madre comparte esa misma categoría por bordar el flan, el pináculo de la repostería. El año pasado me salió una carne asada exquisita al primer intento, pero mi reto para estas fechas consistirá en preparar callos a la gallega en nuestra pequeña cocina del Poble-Sec.

Parece ser que mi abuela paterna hacía unos callos legendarios. Y digo parece ser porque no tuve el gusto de probarlos ni la fortuna de conocerla. Su saber hacer se fue con ella a un nicho del cementerio de San Amaro y quizá ahí es donde comienza la cacareada leyenda de la receta de la señora Seoane, un apellido común en las tierras de esa Coruña interior bañada por el río Mandeo. Y es que en mi familia existe un buen puñado de apellidos ilustres y pintorescos que han ido perdiendo terreno a medida que crecía el árbol genealógico. Desde el Morais de mi madre —sin tilde, por favor— a los Ansede, Capelán, Freitas e incluso Martinelli. ¡Qué exótico habría sido apellidarse Martinelli! Con un apellido así en la tarjeta de visita se le deben abrir a uno muchas puertas en un país con tantos complejos autoperceptivos. Pero no, mi hermana y yo salimos al mundo con un García y un Bello adheridos a nuestros extravagantes nombres. Los dos apellidos más comunes de la provincia cogidos de la mano, como si quisiéramos despejar cualquier duda de que somos de barrio.

Tanto mi hermana como yo tenemos profesiones con un cierto perfil público y, sin embargo, nunca nos planteamos abandonar nuestros apellidos, usar un pseudónimo con sonoridad mercantilizable o mutilar a la inglesa nuestro DNI, quedándonos solo con uno de ellos. Firmamos desde siempre con los dos y creo que en esa decisión reside una sorda declaración de intenciones. Aunque hubiésemos decidido rescatar el Martinelli italiano o el Freitas portugués en un gesto de cosmopolitismo espurio, no dejaríamos de tener nuestras raíces inmediatas en las tierras húmedas de la Galicia rural de Camposancos, Teixeiro y Feáns. No hay ningún rastro en los hilos de nuestra biografía familiar de nadie vinculado con las artes o las ciencias, que es a lo que nos dedicamos nosotros por algún capricho del destino. Empezamos nuestro camino huérfanos, sin un padrino que nos abriese su agenda o nos señalase el camino. No tuvimos esa suerte pero seamos honestos: ni falta que nos hizo.

Quizá por todo ello, cuando los García Bello nos adentramos en estas fiestas nos ponemos a la tarea de insuflar nueva vida a lo que sí nos cayó en herencia: una importante tradición de recetas con apellido. El día de Año Nuevo mi hermana echará la mano al cajón de su cocina y rescatará la libreta en la que tiene apuntada la fórmula magistral del cocido gallego de la señora Morais. Y yo, por la parte que me toca, intentaré estar a la altura de la leyenda de los callos de la señora Seoane durante la próxima comida de Navidad, aunque sea desde el otro lado de la península.