La gota del mango de la Bialetti

Santiago de Compostela, 6 de mayo de 2023

No hay rasgo más gallego que hablar sobre recetas de cocina durante la comida, ni más español que hablar sobre los gustos cafeteros de cada uno durante la sobremesa, así que una vez nos sirvieron tres solos a Santi, a Isaac y a mí, observamos el diseño de las tazas y nos pusimos a charlar sobre aquellos objetos del día a día que ayudan a construir un hogar cuando nace un proyecto de vida en común.

Mis padres, después de casarse y de dar la entrada para aquel piso del barrio de Os Mallos, sólo les quedó dinero para poner a su gusto el dormitorio, la cocina y poco más. Eso no les impedía organizar cenas los viernes con sus amigos entre bocadillos y cervezas dispuestos sobre una mesa improvisada, porque tener una casa digna de una revista de diseño en la veintena no era un objetivo realista en aquellos años.

Pese a que Ikea nos ofrece hoy muchas soluciones para amueblar esa primera casa que compartimos con la persona que amamos, a medida que pasan los años, uno empieza a buscar en las tiendas y en los bazares aquellos objetos que dan calidez al hogar porque sabes que te acompañarán y que envejecerán contigo.

La Moka Express —la italiana de toda la vida— es una cafetera patentada por Alfonso Bialetti en 1933. La idea de su característico diseño surgió cuando el señor Bialetti observó con detalle el armatroste que utilizaba su mujer para lavar la ropa: un caldero en el que el agua con jabón ascendía por un tubo al calentarse y descendía a continuación sobre la colada. Bialetti pensó entonces que copiando esa dinámica de fluidos podría llevar el característico sabor de las cafeteras espresso a cualquier hogar, así que encajó ese sencillo sistema bicameral en un diseño facetado de ocho caras inspirado en el Art Deco y ejecutado en aluminio, dadas las restricciones impuestas en la época por Mussolini sobre el acero inoxidable. Y después de la idea brillante llegó el éxito comercial, gracias a la audacia de Renato Bialetti, el hijo de Alfonso, que llevó el diseño de su padre a todas las casas de Europa y América Latina. Así fue como un diseño de vanguardia se transformó en un objeto familiar con aroma a tradición.

Cuando abandonamos aquella casa del barrio de Os Mallos en la que nacimos mi hermana y yo, me llevé de recuerdo la vieja italiana de dos tazas de mis abuelos. Ahora está en mi taller, entre los libros de la estantería. No la he vuelto a usar porque es una reliquia. Mi reliquia. Su pátina es perfecta y su mango negro tiene la punta derretida con la característica gota que se forma por la sobreexposición al calor del fuego.

Cuando se nos estropeó la cafetera que teníamos, mi mujer y yo nos dimos un paseo hasta una ferretería de toda la vida del barrio del Raval y compramos una Bialetti. Nuestra primera Bialetti. Con su aluminio brillante, con su reglamentaria caricatura y, por supuesto, con su mango negro impecable. Compramos nuestro café favorito en el tostadero de Roure y la estrenamos enseguida. Con el paso de los años, entre borboteo y borboteo, nuestra Bialetti irá adquiriendo su propia pátina y la punta del mango irá derritiéndose hasta formar una nueva gota, nuestra gota. El cálido testigo de una vida compartida, de una vida en común.