Jugar mal

Barcelona, 17 de octubre de 2025

 

Debió ser en el 92 o en el 93 cuando mis padres nos regalaron nuestra primera videoconsola. Era una Mega Drive de Sega. Venía con el primer juego de Sonic y el Mega Games, un tres-en-uno que incluía el Columns, el Italia 90 y el Super Hang-On, que era de motos. Desde entonces nunca he dejado los videojuegos, aunque ya no le dedico tanto tiempo como antes a estos cacharros.

Lo cierto es que en estos treinta años no he conseguido terminar ni media docena de juegos. Y no por falta de compromiso, si no porque tiendo a perderme por el camino haciendo eso que mi hermana bautizó en su día como jugar mal.

Jugar mal, en este contexto, consiste en explorar los límites del propio juego. Esta exploración puede ser espacial, como priorizar el conocer toda la extensión del mapa desatendiendo la propia historia; conceptual, en el sentido de encontrar otras formas imprevistas de jugar dentro de las reglas propuestas; y moral, forzando sus vacíos e inconsistencias hasta llegar al terreno de la arbitrariedad, la crueldad, el absurdo o la violencia. 

Cuando cuento estas cosas, el arco de reacciones fluye entre la carcajada y el espanto. Supongo que no ayuda mucho que, cuando especifico con ejemplos algunas de las estrategias más macabras, suelo acabar llorando de la risa. No quiero entrar en detalles sobre cómo se puede hacer que sobreviva tu personaje de los Sims sin dinero y con un mueble bar como única propiedad. O sobre cómo provocar a los transeúntes del Red Dead Redemption hasta desencadenar un tumulto a garrotazos en un pueblo sin llevarte las culpas. O sobre cómo huir del árbitro en el FIFA 94 para evitar que te saque una tarjeta roja.

El caso es que esto de jugar mal lo aplico también en mi trabajo, pero fue durante la carrera cuando lo convertí en una estrategia ganadora. En el segundo o tercer año entré en el taller de serigrafía de la facultad que llevaba Andrés Pinal dispuesto a hacer nosequé majarada con su ayuda. Con 21 años uno tiende a creer que todas sus ideas son valiosas y radicales, pero Andrés enseguida me paró los pies y me recomendó que me calmase un poquito. Me prometió que me ayudaría a realizar mi proyecto, pero bajo la condición de que antes de jugar mal debía aprender a hacer las cosas como Dios manda.

Como yo estaba a vueltas con la fotografía por aquel entonces, me dijo que eligiese una de mis favoritas y me propuso hacer una reproducción perfecta y sin errores a través de la serigrafía. Esto significaba dividir digitalmente la imagen en cuatro tintas —cián, magenta, amarillo y negro—, hacer cuatro pantallas y estampar cada una de ellas perfectamente alineadas y superpuestas con respecto a un preciso registro con la cantidad exacta de tinta. El objetivo era crear una reproducción final que fuese indistinguible de una fotografía impresa a todo color en una revista. Y después de semanas y semanas encerrado en el taller durante mis tardes libres, lo logramos. Salieron cuatro estampas perfectas como cuatro soles. Por el camino olvidé lo que quería hacer en primer lugar y acabé enamorado de la verdad y la belleza que se esconde detrás de los procesos pacientes.

Desde entonces, intento conocer en detalle las propiedades de cada material que llega al taller y cada técnica con la que entro en contacto. Una vez logrado esto, llega el momento de probar perrerías, alterar fórmulas y asombrarse con los hallazgos.

Lo que pretendo llevar a vuestro ánimo con este batiburrillo de anécdotas es que jugar mal es una estrategia tremendamente valiosa en el campo de la creación artística, del diseño y de la resolución de problemas complejos, pero de nada sirve traspasar los límites de un juego si antes no se dominan bien sus reglas.