El paisaje no existe sin unos ojos que lo toquen y unos pies que lo midan

Montjuïc, 12 de junio de 2024

 

Vine al mundo deseando caminar. Lo deseaba con tal intensidad que, antes de que supiese mantener mi cabeza en la misma vertical que el resto del cuerpo, estampé mi andador contra el mueble que presidía del recibidor de nuestra antigua casa. El pasillo se inundó de llantos mientras mi madre buscaba por el suelo mis primeros dientes de leche, convencida de que los había perdido después de semejante golpe, pero resultó que todos ellos seguían en su sitio, ocultos por la hinchazón de las encías, y que mis ganas de aprender de una santa vez a caminar por mí mismo también permanecían intactas.

El deseo de explorar el mundo paso a paso va siempre acompañado de una mirada hambrienta y una mente despierta. Caminar es pensar y todo pensamiento riguroso es un pensamiento caminado, un pensamiento en movimiento. Al caminar nos afueramos para darle mayor amplitud a nuestro espacio interior. Acompasamos la percepción con la razón para estimular nuestra imaginación, dejando que el ritmo de nuestros pasos baraje, ordene y conecte esas unidades de sentido que flotan entre nuestras sienes como motas de polvo.

El caminante es el pensador más libre de todos, el auténtico creador de mundos. Y Patinir, el primer gran pintor de paisajes, fue uno de ellos. Pese a que no sabemos mucho de su biografía, podemos dar por seguro que para concebir sus características montañas tuvo que regresar desde Amberes a su Dinant natal para estudiar los acantilados de piedra caliza que dominan la ciudad. Cuatro siglos después, Cézanne fue víctima de un encantamiento similar al de Patinir, cayendo en el embrujo del relieve de Sainte-Victoire, lo que le llevó a recorrer y pintar la misma montaña una y otra vez, hasta su muerte.

El paisaje no existe sin unos ojos que lo toquen y unos pies que lo midan. Después sucede todo lo demás, pero esas son las dos condiciones fundamentales. Si no hay alguien que lo mire y que lo pise, el paisaje se convierte en una mera sucesión de parajes, por lo que es el individuo el que lo completa, del mismo modo que es el espectador el que completa una obra de arte. El paisaje es, por tanto, un fenómeno vivo y escurridizo, imposible de aprehender en todas sus dimensiones. El paisaje se ve, se huele, se escucha, se toca y hasta se saborea. Y el artista no hace otra cosa que fracasar en su intento de dar forma a la substancia poética de ese fenómeno a través de la materia. Ese es su trabajo. Desde el primer homínido que pintó las paredes de una caverna, el artista acude puntual al encuentro con el paisaje sabiéndose derrotado de antemano. Y en ese camino hacia la derrota, ese interminable golpe contra el mueble del recibidor, es donde uno logra conectar con la dimensión espiritual y trascendente de su propia existencia.