El misterio de lo tangible

Barcelona, 31 de octubre de 2025

 

Cuando alguien entra en mi taller o se aproxima a mi trabajo por primera vez, tiendo a presentarme como un escultor que se dedica a contar historias. Y que esas historias se construyen a partir de dos pilares: las formas inéditas y vernáculas de nuestro paisaje común y la dimensión poética de los materiales. Para rebajar el nivel de esdrújulas y no perder la atención de mi interlocutor, suelo confesar que yo siempre he querido ser pintor, pero como mi mirada se interesa más por la forma y la materia de las cosas, me he complicado la vida para afrontar el asunto del paisaje huyendo de la tradicional representación mimética y abrazando la presencia de lo concreto.

No sé si es por mi forma de hablar, pero sé que proyecto cierta seguridad cuando expreso mis planteamientos. Sin embargo, bajo la piel me pregunto diariamente por qué hago lo que hago y cuáles son los condicionantes que han ido configurando mi posición ante el mundo. No creo que sea casual que dedique mi vida al estudio de lo vernáculo después de haber pasado mi infancia conviviendo con antigüedades familiares como zocas, tijeras de sastre, máquinas de coser y hasta un yugo de madera tallada de la zona de Teixeiro que mi madre restauró en su día y que ahora duerme en mi taller. Pero hasta ahora no conseguía poner en palabras mi fascinación por los materiales.

Conecto profundamente con esa aproximación al misterio de la materia de los antiguos alquimistas. He hablado de ello unas cuantas de veces en mis charlas y en mis cartas. Pero reconozco que es difícil llegar a transmitir a otros qué me sobrecoge de su enrevesado método para separar lo sutil de lo burdo y coagularlo en una nueva unidad material, espiritual y significativa. Tampoco es que estos loquitos nos hayan facilitado la tarea de entender qué pretendían, ya que en su voluntad de restringir la alquimia a iniciados, oscurecían el lenguaje hasta escribir auténticos galimatías. Con el paso de los años me he vuelto refractario a la cháchara alambicada, y en ese camino he aprendido dos cosas: que explicar con claridad es sinónimo de conocer en profundidad y que la elegancia de la sencillez, como sucede con la belleza, suele ser un criterio de verdad. Y en esa búsqueda de claridad descubrí que el misterio que perseguían los alquimistas y la explicación que yo mismo ansiaba ya estaba en mi propia tradición.

Una característica fundamental del catolicismo es su dimensión material. El catolicismo es una fe encarnada. Es la fe en que el verbo se hizo carne, habitó entre nosotros, murió en la cruz y resucitó en su propio cuerpo. No regresó como una voz en el vacío, sino que su resurrección es una resurrección tangible. Para conmemorarlo, los católicos comen y beben el cuerpo y la sangre de Cristo en cada eucaristía. Esta acción compartida no es una representación ni una metáfora. En el dogma católico, la sustancia del pan y del vino se transforma en la sustancia del cuerpo y la sangre de Cristo. Y las especies —las apariencias sensibles como el sabor, el color y la textura— permanecen tal y como las percibimos. Aquí la materia no es un mero soporte simbólico, sino que es el vehículo de una presencia sacramental. Una presencia difícil de aceptar si no se tiene fe, ya que no es posible comprobarla. Por lo tanto, en cada eucaristía se comparece ante el misterio. Un misterio que está más allá de nuestros sentidos.

Este hecho, en el dogma católico, se llama transubstanciación. Es decir, lo que se transforma es la sustancia. Y ha traído unos cuantos conflictos a lo largo de la historia. Lutero, por ejemplo, no admitía ese cambio y prefería hablar de consustanciación: la coincidencia o doble existencia del cuerpo y la sangre junto con el pan y el vino. Y Calvino, en su caso, habla de una presencia espiritual real pero sin traducción material. En cierto sentido, ambos niegan el milagro por no ser comprobable y prefieren la explicación metafórica.

Cuento todo esto porque, desde una perspectiva católica, el mundo está lleno de signos materiales de la gracia. Para el católico, la fe no consiste simplemente en creer en el misterio, sino en reconocer el misterio en lo tangible. Por eso conocemos tantos científicos creyentes. Cuando pensábamos que la materia estaba formada por partículas indivisibles, concluimos que el enigma estaba resuelto. Luego descubrimos que el átomo tenía estructura, que existían electrones, protones y neutrones, y más tarde, que incluso esos cuerpos estaban compuestos por quarks, por campos de interacción y por vibraciones. Siempre hay algo más allá que se nos escapa. Y es que la ciencia mide y describe lo que observa, pero la búsqueda de sentido pertenece a un orden más cercano a lo espiritual. Y ese es el plano en el que operamos los artistas.

En mi caso, siento que hay algo inefable que desborda lo metafórico cuando elijo recoger la tradición de teñir tejidos con corteza de roble. Y sé con certeza que estoy fundiendo una pequeña parte de la ballena que se tragó a Jonás cuando disuelvo un pedacito de espermaceti de cachalote al calor del fuego. Hay algo denso en la raíz poética de los materiales que se activa cuando llegan a ser parte de una obra. Su sustancia se transforma y permite el trenzado de lo visible con lo invisible. Porque cuanto más desembridamos en el intrincado andamiaje de la materia, más nos adentramos en el misterio. El misterio de lo tangible.