Dólmenes, menhires y paisajes futuros

Axeitos, 26 de julio de 2022

El paisaje nace con los dólmenes y los menhires. Esas piedras clavadas en el suelo entre el neolítico y el calcolítico fueron nuestro primer gesto estético sobre el territorio y nuestra primera transformación física del terreno hecha para ser contemplada. Hablamos, por tanto, del origen común de la escultura, de la arquitectura y también del diseño. Y es que el paisaje no existe sin unos ojos que lo miren.

Durante ese periodo pasamos de errabundear como nómadas, recolectando lo que la naturaleza nos ofrecía, a aliarnos con ella. Fundamos ciudades que prosperaron gracias a la agricultura y la ganadería y conformamos comunidades que buscaron la espiritualidad alzando la vista hacia el cielo. Nuestro ingenio planificador nos permitió convertir lo finito en recurrente, abandonando una vida conjugada en presente continuo para anticipar por primera vez un futuro común que nos trascendía como individuos. De ahí emana la razón estética de dejar un rastro lítico sobre el territorio como testigo de nuestra presencia, conectando la pesada horizontalidad terrenal del ser humano con la verticalidad ingrávida de lo celeste.

Con los dólmenes y los menhires también se inaugura la necesidad de transmitir una herencia tal y como nos fue transmitida a nosotros. Una labor milenaria que nos corresponde continuar, no solo por respeto hacia los que ya no están, sino por responsabilidad hacia los que aún no han nacido. Una obligación moral que surge de nuestra gratitud natural a lo que nos ha sido dado. Una solidaridad intergeneracional que es uno de los pilares fundamentales de las sociedades libres.

Para levantar cualquier monumento megalítico hicieron falta cientos de hombres y mujeres de diferentes lugares que se coordinaron en torno a una tarea común. Una tarea que se proyectaba en el tiempo más allá de sus propias vidas. Del mismo modo, el paisaje del futuro que construyamos solo podrá nacer de un proceso sensato que avance hacia delante pero remando de espaldas, como el remero de Oteiza. Mirando hacia el pasado para diseñar el futuro a partir de lo preexistente, radicalizando nuestro ingenio para aliarnos con la naturaleza sin necesidad de explotarla y revisando nuestras tradiciones para inventar unas nuevas. Como una piedra clavada en el territorio sobre la que cincelar aquello que queremos conservar y aquello que queremos transformar, un equilibrio pétreo entre la memoria de lo que fuimos y la visión de todo lo que queremos ser.