Una tarde de los primeros dosmiles, mi amigo Alberto y yo salíamos de ver una exposición en el MACUF, el antiguo museo de arte contemporáneo de Unión Fenosa en A Coruña. No éramos más que dos chavales de barrio caminando de vuelta a casa y comentando qué nos había parecido tal o cual obra. Recuerdo que Alberto dijo, riéndose, que quién me vería a mí en el futuro colgando una pieza en ese museo. ¡O en ARCO! La idea me resultó un tanto absurda. En aquel momento ni siquiera había contemplado dedicarme a esto.
Este mes celebro diez años en ARCO. Diez. Me he repetido esta cifra varias veces durante la última semana para poner las cosas en perspectiva. Diez años dando la turra con la escala humana, las formas del paisaje y la poética de los materiales.
En 2016 presenté Refugio mínimo para un lugar limítrofe. Una escultura construida con dos remos de madera de pino patinada que miden lo mismo que yo y que se apoyan en equilibrio sobre un violento cuchillo, similar a los que pintaba Manuel Moldes en sus autorretratos. Se mostró en el espacio de la galería Formatocomodo y lo adquirió la Colección DKV el primer día de la feria. Fue un buen estreno.
En esa y en el resto de mis esculturas suele estar todo pegadito, buscando un contacto y una fricción entre superficies. Tiendo a hacer que las cosas se toquen para que trabajen juntas, tanto en lo compositivo como en lo conceptual. Y esa misma idea de conjunción es el punto de partida de las nuevas piezas que presento con la galería The Goma en esta edición.
Una yunta es una pareja de animales que sirven en la labor del campo o en los acarreos. Dos cuerpos colocados en paralelo y unidos mediante ataduras para trabajar en conjunto. Esta nueva serie titulada así, Yunta, parte de esa misma operación elemental: en cada pieza, dos maderas se aproximan hasta que la distancia entre ellas queda determinada por la tensión de un nudo, un gesto que concentra la energía en su punto de enlace.
El pino es una de las maderas más comunes y austeras de nuestro paisaje. Su disponibilidad y su uso reiterado la sitúan en una economía constructiva primaria. El proceso creativo que seguí obedece a una lógica igual de básica: cada una de las obras de la serie nace de un bloque macizo al que me enfrento con un hacha. Nada más. La clave está en el primer golpe. La geometría del filo al penetrar en la madera impulsa la energía a través de las vetas, partiendo el bloque inicial en dos volúmenes irregulares pero coherentes. Dos formas que nacen de una sola unidad. A partir de aquí, mi trabajo consiste en tallarlas, lijarlas y patinarlas antes de volver a unirlas para que trabajen juntas y encarnen un sentido.
Para arrejuntar los elementos de estas obras utilizo percal, el tejido de algodón más sencillo y antiguo que existe. Como su urdimbre es ortogonal y no está excesivamente prieta, se rasga con facilidad en tiras. De este modo aumenta la fricción de sus fibras al anudarse y mejora el agarre cuando se tensa. Para que luzca toda la belleza del percal hay que sofisticarle su humildad natural. Para ello empleo el encascado, que es el proceso de teñido tradicional con corteza de pino y roble de la costa atlántica de Galicia. El tratamiento, utilizado en el pasado en las velas y las redes de pesca, oscurece la tela y refuerza su comportamiento ante las fuerzas de carga.
La materialidad y la formalización de esta serie nace de una secuencia concreta e intuitiva: partir, amolar, impregnar, aproximar, componer, atar y situar. Yunta me pedía una verticalidad desequilibrada, escorada y ascética. El caído, en cambio, me pedía una horizontalidad incómoda y un tanto violenta. Borja, mi galerista, vio en esta última una barca como la de Caronte. Y David Barro, ya en la feria, advirtió un paralelismo con el tapiz de 1979 de Luis Seoane y María Elena Montero en homenaje a Julián Grimau y a todos los caídos de la Guerra Civil. Yo no tenía ni a Caronte ni a Seoane ni a María Elena en la cabeza mientras armaba las esculturas, pero la mirada de Borja y de David muestra uno de los misterios más bellos de la creación artística: que el bagaje del espectador siempre añade capas de significado a la promesa de sentido que uno lanza al mundo.
Tengo que llamar a Alberto.


