Barcelona y el misterio como refugio

Poble-Sec, 17 de mayo de 2024

Necesito misterio en mi vida. Eso es lo que le digo a mi mujer cuando buscamos una película de ciencia ficción para acabar la tarde del domingo o cuando planeo un gran paseo para sacudirme el cuerpo y liberarme de la insaciable y neurótica trituradora en la que se ha convertido la realidad en la que vivimos. Y cuando eso sucede, siempre acabo encontrando entre los cabos sueltos de lo oculto el material necesario con el que trenzar alguna nueva ficción en la que encastillarme.

La primera vez que pisé Barcelona fue a finales de los 90. Mis padres planearon un fin de semana en la ciudad que debió costarles un dineral y que forjó un evento canónico en mi biografía. Ellos tenían curiosidad por ver si la piel de la capital había mudado a machamartillo, tal y como se reflejaba en los time-lapses distribuidos en VHS a través del Mundo Deportivo y en las campañas publicitarias de un tal Luis Bassat, y yo tenía ganas de recorrer las calles que tan bien conocían los dos culés más célebres de mi infancia entre tebeos de Escobar: Zipi y Zape. 

No volví a Barcelona hasta después del cambio de milenio y la ciudad era otra porque yo también era otro. En mis breves visitas dedicaba las noches a salir y el resto del día a pasear sin rumbo entre el Raval, el Gòtic o el Born y a perderme en el Eixample. A perderme de verdad, de no saber dónde está uno, porque siempre me he orientado mejor en las intrincadas tramas medievales que en las insoportables cuadrículas de la modernidad.

Sé que cuando hablo sobre mí siempre acabo hablando de caminar y de mi familia. Mi abuelo, por ejemplo, era un hombre prudente que solo se permitía presumir de una cosa: de lo bien que conocía todas y cada una de las calles de su ciudad. Una pulsión irresistible le empujaba a explorar minuciosamente los rincones de cada barrio para conocer de primera mano las historias que escondían. La semilla de esa pulsión acabó germinando en mí y quizá por eso mi hermana dice que lo que mejor se me da es señalar a otros hacia dónde mirar.

Mi modo de observar la ciudad, de tocarla con los ojos, parte de una curiosidad genuina y predispuesta a la fascinación que desemboca en un estado de imaginación profunda. Estos días estoy madrugando con el pretexto de salir a pasear por la Ciutat Vella antes de empezar mi jornada y de que se levanten las persianas de todos esos negocios entregados a la irrealidad plastificada, hueca y mercantil del turismo más cutre, ese que sube y baja por Las Ramblas arrasando con todo a su paso, como la resaca de un tsunami que enturbia diariamente cualquier atisbo de belleza genuina. En esa Barcelona legañosa y silenciosa que se esconde del mar retorciéndose entre callejones, plazas y basílicas todavía logro reencontrarme con el misterio. Un misterio sublime como un infraleve que consigue saciar mi necesidad de vivir en un mundo cargado de significado. Un significado que me precede, que me excede y que ansío desencriptar para trenzarme con él y, de algún modo, refugiarme.