Armónicas, vocaciones y pulsiones genuinas

Corrubedo, 28 de julio de 2022

Ayer bajé a darme un baño a última hora de la tarde y, mientras regresaba por uno de esos callejones estrechos que mueren en la playa de la Ribeira do Prado, asistí a una de esas escenas que te devuelven al presente con una caricia. La estampa es de una sencillez cegadora: con la bajada del sol, un hombre ya anciano había salido al atrio de su casa a tocar su armónica. Estaba solo pero no la estaba tocando para mí. No la estaba tocando para nadie que pasase por allí a esa hora. Y no, tampoco la estaba tocando para él mismo. Ese hombre estaba tocando su armónica simplemente porque no podía evitarlo.

En eso consiste la vocación para un artista: en dar respuesta a una pulsión genuina que se ha vuelto incontenible. No es solo el deseo de crear de la nada, de comunicarte con otros o de dar vida a algo que no la tenía. La vocación nace de una necesidad a la que eres incapaz de poner diques y que se derrama hasta el horizonte, más allá de este mar de Arousa.

Pero del mismo modo que una armónica puede sonar deliciosa durante una tarde de verano, también puede cortarte los labios después un mal gesto. La vocación es una bendición que conviene manejar con prudencia, ya que esconde un filo que se manifiesta con el paso de los años. Es importante poner palabras a las renuncias o a los sinsabores que conlleva, pero también es necesario expresar todo lo que puede aportar a la conversación pública esta forma de estar en el mundo y esta incesante voluntad de situar la condición estética en el centro de los procesos que transformarán el paisaje del futuro.

Cuando subía por uno de esos callejones estrechos y el sonido de aquella armónica se perdía entre las rachas de viento que peinan el Barbanza, supe que tenía que sentarme a escribir sobre todo esto. Sobre lo que nos lleva a seguir produciendo imágenes en un mundo saturado de imágenes, sobre lo que nos obliga a seguir fabricando objetos en un mundo saturado de objetos, sobre lo que nos vamos dejando por el camino y sobre lo que nos empuja a seguir mirando con ojos hambrientos cada muesca en la piedra, cada marca en la madera y cada arañazo en el asfalto como si fuese la partitura de una canción que estamos aprendiendo a leer y a interpretar. Una canción que tocaremos hasta hacerla nuestra simplemente porque no podremos evitarlo.

 

Créditos de la imagen: Immo Wegmann