A propósito del Orgullo: por qué muchos conservadores se equivocan de pleno

Barcelona, 28 de junio de 2024

El verano en Barcelona nos llega a través de tres punzadas sensoriales: el estruendo incesante de los petardos de la verbena de San Juan, el calor pegajoso que obliga a doblar el número de lavadoras semanales y las banderas arcoiris colonizando con más intensidad de lo habitual cada rincón del Eixample.

Es la primera vez que escribo una de estas cartas al hilo del calendario porque no me gustaría acabar preso de la actualidad, pero tengo la intuición de que merece la pena pisar hoy este charco y sacar este asunto de mis conversaciones privadas con amigos. Esta carta no pretende ser un texto más de un casi-cuarentón que busca ponerse una medalla que no merece en una defensa de significantes vacíos y coyunturales, sino que tiene un objetivo y un destinatario concreto.

Lo digo con toda claridad: creo que muchos conservadores se equivocan de pleno en su aproximación al movimiento LGTBI. Desde la aprobación del proyecto de ley sobre el matrimonio homosexual por el Consejo de Ministros el 1 de octubre de 2004, España no ha hecho otra cosa que crecer en términos de libertad personal durante estos veinte años, para disgusto de todos los que se opusieron por aquel entonces a ella. No lo digo yo, sino que lo dicen los índices de aceptación de la diversidad sexual en España, que es uno de los más altos del mundo, y lo dice mi intuición mundana a pie de calle. A partir de la aprobación de esa ley, una parte significativa de la sociedad accedió a unos derechos que se les habían negado hasta entonces sin que eso supusiese una renuncia para nadie. Y es que la realidad se cambia con la ley y a través de la ley, siempre que la ley sea justa, clara en sus procedimientos y objetivos, y que su contenido apele al bienestar de la mayoría sin provocar víctimas colaterales a sabiendas. Lo que no logra la ley —ni debería pretender lograr— es transformar una sociedad imperfecta en una utopía. No estoy ciego ante los gestos y actos violentos de homofobia que se reproducen día a día en cualquier ciudad o pueblo de nuestro país, pero si a algo se dedica el demócrata es a defender causas nobles e imperfectas como ésta.

En política no se debería restringir el debate exclusivamente a cuestiones que se pueden medir. Tendríamos que poder discutir y disentir más sobre valores, sobre la moral, sobre aquello que consideramos bueno. A diferencia de otros, los conservadores no tienen un libro virtuoso por el que regirse y al que volver para justificar los efectos nocivos de sus posiciones, así que su única guía debería ser la defensa del valor de la prudencia, del mundo de la vida y del valor del conocimiento adquirido a través de la experiencia. Si al conservador de hoy le preocupan los efectos de la sociedad líquida en la que habitamos, si le quita el sueño que no se adquieran compromisos duraderos con respecto al otro o que no se formen lazos fuertes entre personas, dejándonos a todos en manos de los vaivenes del mercado o las corrientes ideológicas del momento, debería ser el primero en defender el derecho de que uno ame a quien decida amar. Porque amar es responsabilizarse del bienestar de todo aquello que está más allá de nuestra piel. Y el fruto de ese amor tiende a proyectarse hacia el futuro para que crezca y se desarrolle hasta que sea otro el que tome el testigo y continúe la tarea, una tarea que nos antecede y nos excede al mismo tiempo. 

No es posible construir una sociedad abierta y una comunidad plural y adulta si una parte de esa sociedad se siente señalada y perseguida por no gozar de los mismos derechos elementales que los demás o si uno tiene que justificar o esconder constantemente su forma de vivir. El empeño del conservador pasa por sostener el mundo de las cosas humanas y ésta es una cuestión humana superior, una cuestión de derechos humanos. Porque cualquier persona, al margen de su orientación, debería ser libre de desear, de amar, de convivir, de casarse o de tener hijos cómo y con quien decida, si es que decide hacerlo. Y nadie —y mucho menos en defensa de la familia— debería querer impedírselo.

Si el conservador de hoy busca los argumentos para defender esta posición, debería volver sobre sus pasos y rebuscar en los valores seminales nacidos hace siglos en las orillas de un mar que bautizamos como Mediterráneo para reencontrarse con esa idea de concordia y convivencia plural y pacífica basada en el amor a lo común que en su día hizo de Europa el faro del mundo desarrollado. Porque rescatar los ladrillos de nuestro pasado para construir el futuro también es esto.