Mirar, contener, atravesar

Existe una correlación sensible entre los huecos arquitectónicos —la ventana, la hornacina y la puerta— y los géneros pictóricos. Victor Stoichiță analiza esta cuestión en los capítulos iniciales de La invención del cuadro. No obstante, esta relación no es comprensible sin analizar antes cómo performan nuestros cuerpos con estos huecos, con la arquitectura y con el espacio como materia, el verdadero territorio de la escultura.

Mirar

Se puede trazar una línea que conecta la ventana con la pintura de paisaje porque, antes de eso, alguien decidió abrir un hueco en la pared y mirar a través de él, acotando así un paraje dado. El marco de la ventana es un agente pasivo, aunque necesario, en la génesis del paisaje, ya que éste no puede existir sin unos ojos que lo miren.

Contener

La hornacina tiene la particularidad de ser el único hueco arquitectónico que no atraviesa el muro completamente, sino que se mantiene como un hiato en la pared, un vacío que sitúa en el umbral de lo espiritual a cualquier objeto que contenga. Por ese motivo la hornacina es el espacio predilecto del género de la naturaleza muerta, ya que consigue que convivan el aquí y el más allá mediante un sencillo gesto constructivo.

Atravesar

Por último, la puerta es el hueco arquitectónico que mejor caracteriza a la pintura de interior y su habitual concatenación de espacios. No obstante, la puerta necesita de la acción del cuerpo para lograr el verdadero propósito de su existencia. Al atravesar una puerta uno traspasa el plano invisible y permeable comprendido entre un limen y un dintel, ese espacio intersticial a través del cual sí se nos permite transitar, a diferencia de lo que sucede con la ventana y la hornacina.