Dirse

[Un relato de Christian García Bello para la exposición Pongo mi pie desnudo en el umbral]

 

—Mira, a ver si te acuerdas de esto.

Me llevó a través del pasillo hasta la sala, ese espacio de la casa que en Galicia estaba destinado a la contemplación y no al disfrute. La estancia estaba dominada por un tresillo intacto, una ventana con vistas a la carretera y un gran aparador de castaño que ocultaba completamente el muro. Abrió una de sus puertecillas acristaladas y sacó con cuidado un primitivo cuchillo de hierro que debió permanecer allí ignorado durante décadas.

—Siempre preguntabas por él. Con la de cosas que hay en la vitrina y tú solo tenías ojos para este cuchillo.

—Pues no lo recuerdo, la verdad.

—Es que eras muy pequeño, por eso no te dejábamos cogerlo. Mira cuánto pesa. No sé qué edad tendrías, pero tu padre todavía tenía aquel Ford Orion de color rojo.

—No, era un Ford Escort.

Tenía que estar hablando del 90 o del 91, así que yo tendría 4 o 5 años. Por aquel entonces viajábamos a menudo a Camposancos pero hacía mucho tiempo que yo no volvía por allí. Me intrigaba el cuchillo. Entre la pátina y esa forma tan elemental podría ser de cualquier época, pero no había duda de que había salido del taller de un herrero. El peso estaba equilibrado y era cómodo en la mano. Un rizo circular en el extremo cerraba el mango y permitía colgarlo en la pared. Me preguntaba si sería de mi bisabuelo, aunque no imaginaba para qué querría semejante cuchillo un sastre

—No, no era suyo. Lo encontraron en el monte antes de arreglar el castro y me lo regalaron. No recuerdo bien la historia porque lleva ya muchos años en casa.

—¿Lo encontraron en Santa Trega?

—Claro, allá arriba. Quien te puede contar la historia es Tinito, que la conoce bien.

—¿El tío Tino?

—No, Tinito. El que estaba ayer en la barra mientras tomábamos el café. Pregúntale mañana.

Mientras caminaba por el arcén, bordeando la falda del Monte de Santa Trega, me imaginaba a mí mismo treinta años atrás, colándome en esa sala con mi metro escaso de altura para mirar a través del vidrio del aparador aquel cuchillo que había olvidado y ahora me fascinaba de nuevo. Me encontraba bien allí, de vuelta. El sol pica de una forma diferente en esa frontera dibujada por el Miño. Poco a poco iba dejando atrás O Pasaxe y el puerto desde el que partió el pailebote en el que Manuel Antonio escribió De catro a catro. Ya no queda nada de aquello salvo unos cuantos muelles en desuso. Llegué al pueblo a mediodía y en la plaza se notaba el trasiego de gente haciendo recados. Tinito era un hombre corpulento que pasaba los días de su jubilación entre paseos, conversaciones casuales y tres o cuatro bares del centro de A Guarda. Nunca habíamos charlado sin estar mi tío presente, así que pedí una cerveza y aproveché el saludo para preguntarle directamente por el cuchillo. Sonrió con la mirada todavía puesta en el botellero del café Oasis y se giró hacia mí con los ojos cargados de nostalgia.

—Claro, el cuchillo de Dirse.

 

Tinito era un sobrino segundo de Constantino Candeira, fundador de aserraderos, almacenes de cereales, astilleros y empresas de cabotaje en Vigo, Camposancos, Ponteareas y Salvaterra de Miño. Fue diputado republicano y alcalde de A Guarda durante unas pocas semanas, cargo al que renunció por desacuerdos con el Gobierno Civil. Lo que no sabía es que Constantino Candeira también había sido una parte fundamental de la Sociedad Pro-Monte, impulsando las primeras excavaciones arqueológicas en el castro de Santa Trega.

—Mira, las primeras excavaciones en el monte se hicieron entre 1913 y 1926. Mi tío propuso esas excavaciones porque él intuía que allí había algo de valor. Lo que no dijo entonces es que él ya había hecho sus propios descubrimientos.

Hizo una pausa para darle un trago a su copa de vino. Lo hizo sin ánimo teatral. Tinito hablaba con naturalidad, no intentaba cautivarme, más bien me estaba tanteando, midiendo si mi curiosidad era genuina o si era una simple forma de acompañar el aperitivo estival.

—Mi tío subía de vez en cuando al monte, a la ermita. Él y un compañero iban haciendo caminos y pequeñas excavaciones en las zonas que podrían haber sido adecuadas para un asentamiento, ya que tenían localizados algunos petroglifos. También aprovechaban esas excursiones para diseñar y planificar lo que hoy es la carretera que sube hasta la cumbre. Lo que sucedió es que, excavando con una pequeña pala que llevaban, encontraron junto a la muralla del castro una serie de objetos antiguos que no se correspondían con la cultura castrexa.

La cerveza se recalentaba en mi mano y Tinito bajaba la voz. Según me dijo, lo primero que el señor Candeira sacó de la tierra aquella mañana en Santa Trega fue el cuchillo que me tenía fascinado. Y junto al cuchillo hallaron una caja que contenía un hatillo de apuntes, dibujos y breves notas escritas entre flamenco y latín que constituían una suerte de bitácora de viaje. Todo aquello estaba firmado por un nombre sin apellido: Dirse. Tinito pronunciaba ese nombre con fascinación y cariño. Después de ordenar y traducir aquel diario descubrieron que Dirse era una mujer de Amberes, probablemente una beguina y que había sido condenada en Lieja a hacer el Camino de Santiago.

—Por aquel entonces te ponían condenas así, el peregrinaje en soledad como castigo. Menuda suerte.

Con la ayuda de un marinero holandés que frecuentaba los mismos bares del puerto  que Tinito y una estudiante de la Universidad de Santiago que conocía su nieta consiguieron traducir la mayor parte de los manuscritos de Dirse. El conjunto constituía un diario desordenado en el que confluían anécdotas personales, descripciones de elementos arquitectónicos, poemas, versículos de la Biblia y estudios de plantas silvestres. Y también había un gran número de dibujos, intercalados y a veces superpuestos a los textos.

—Averiguamos que era de Amberes y que había residido un tiempo en el beguinaje pequeño de Gante, hasta que la invitaron a marcharse.

—Lo conozco. El beguinaje de Nuestra Señora de Ter Hoyen, al sureste de la Catedral de San Bavón. Cuando estuve allí pude hacerme con dos publicaciones preciosas de los años 30 que estaban en una repisa a la entrada de la iglesia. Había algunas copias más, pero como no sabía si podía llevármelos recuerdo haber dejado dos billetes de diez euros en su lugar.

—No me digas. Metiéndote en problemas con los habitantes del beguinaje tú también, ¿eh?

—¿Y por qué la expulsaron?

—No tengo ni idea. La verdad es que Dirse debía ser todo un carácter. En los textos te puedes encontrar las mismas críticas al Papa de Roma que podría hacer Lutero acompañadas de comentarios sarcásticos contra la santurronería gregaria de los protestantes. Era una individualista convencida y tenía una idea de Dios y del cristianismo muy personal, pero que no intentaba imponerle a nadie. Así acabó en Lieja, juzgada y condenada.

—Pero si hizo el Camino de Santiago como penitencia, ¿por qué acabó en Santa Trega?

—Conseguimos ordenar los últimos papeles, los de su peregrinaje, porque eran de una calidad y un tamaño diferente. Eso nos facilitó la tarea. Además, esa parte es mucho más personal e íntima. También más oscura y amarga. E iba abandonando el latín para escribir únicamente en flamenco. Lo que creemos, y esto es una mera conjetura, es que cuando entró en Galicia se dio cuenta de que nadie supervisaba el cumplimiento de su condena y que era libre de caminar hacia donde quisiera, ya que no tenía motivos para volver a Flandes. Sí sabemos que pasó por Santiago porque hizo dibujos de algunos detalles arquitectónicos de la ciudad, pero también estuvo en Pontevedra porque tomó apuntes de la portada de la Basílica de Santa María la Mayor, en la que trabajó un flamenco, Cornielles de Holanda. Lo que ella ansiaba era llegar al fin de la Tierra y encontrarse con el mar, pero caminó en dirección sur hasta que el Miño le cortó el paso. Supongo que fue ahí cuando decidió subir a Santa Trega y establecerse allí.

—¿Y quién tiene esos documentos ahora?

—Están todavía en el centro cultural. No sabemos qué haremos con ellos todavía, pero vamos ahora hasta allí, si quieres verlos. Yo pago esto.

Durante el camino, aprovechando que Tinito se paraba y saludaba a todo el mundo, yo intentaba ordenar en mi cabeza toda la información que me había dado y fantaseaba con qué podría hacer yo con esos documentos. Mi gesto serio escondía una sensación ácida que recorría mis brazos hasta el cuello. Saqué el móvil y envié un mensaje apresurado: “No como en casa. Estoy con Tinito. Luego hablamos”. Tinito abrió una puerta trasera y entramos.

—Nunca llegué a devolver la llave. Tampoco nadie me la pidió de vuelta.

Accedimos a una sala pequeña, con un escritorio y una persiana que tamizaba la luz de la ventana. No parecía un lugar abierto al público, ya que allí sólo había una taza de café, algún trofeo deportivo y muchas cajas sin etiquetar. Tinito me pidió que cogiese una de color granate mientras él hacía sitio en la mesa. Se la entregué y sacó dos vasos tallados en madera y un gran fajo de papeles.

—Los que están en peor estado son los más antiguos. Yo creo que son de la época del beguinaje. Y éstos son los de su viaje. Ve mirándolos con cuidado, que son delicados. Yo voy a ver si puedo encender las luces.

Cada hoja estaba emparentada con un folio mecanografiado que contenía las traducciones de los textos. Efectivamente, no había un orden o una jerarquía clara, lo que bañaba todo aquello con un halo de misterio. Párrafos desgajados se entremezclaban con dibujos de diferente naturaleza. Pude adivinar varios paisajes, resueltos con líneas quebradas y lomas suaves, detalles arquitectónicos como ventanas, impostas, chimeneas, hornacinas y puertas de iglesias del Camino de Santiago, dibujos de sus instrumentos de viaje como un cuenco, un compás, una cadena de agrimensor, una pequeña artesa o un cuchillo y, en la última etapa, una serie de diagramas, mapas, escenas religiosas y esquemas para un refugio con un carácter ascético y geométrico  y un sabor a pintura metafísica que me cautivó. Junto a estos últimos dibujos se encontraban los textos más poéticos. Breves versos, palabras y estrofas entre la tactilidad de lo místico y lo puramente cartesiano y descriptivo. En la última página del manuscrito una línea horizontal atravesaba firme el papel de lado a lado y en la mitad superior estaban escritas en flamenco las siguientes palabras: “Ya están pisando nuestros pies tus umbrales, Jerusalén”. Reconocí al instante la cita. Se trataba de un versículo del Salmo 122, el único texto que parecía no ser de la autoría de Dirse.

—¿Me puedo llevar esto para estudiarlo esta noche?

—No, no puede salir de esta habitación. Fotografía lo que quieras, pero no puedes llevártelo, lo siento.

Saqué fotos de todo mientras me temblaba el pulso. Hice lo que pude con la poca luz que había y además percibí que Tinito tenía que marcharse. Recogimos todo en el orden correcto, cerramos la caja y volví a dejarla en el estante. Salimos por la puerta trasera y dije que había que hacer algo con todo eso, que era una historia demasiado interesante como para estar en una caja, esperando a ser devorada por los lepismas.

—Bueno, ya veremos. No depende solo de mí.

Me despedí de Tinito y doblé la carretera de vuelta a Camposancos. Se nos había echado la tarde encima pero yo ya no tenía hambre. El calor ya había dibujado en sudor la forma de mi mochila sobre la camisa para cuando entré por la puerta de casa.

—¿Comiste? ¿Te preparo algo?

— Sí, sí, ya comí, no te preocupes.

—¿Seguro? Mira que todavía quedan buñuelos calientes.

—Sí, no te preocupes. Vengo a coger las cosas para darme un baño en el río.

—Haces bien, hay que bañarse siempre. ¿Qué te contó Tinito?

—La historia de Dirse. Me llevó a ver unos escritos suyos que encontraron con el cuchillo de la sala. ¿Tú los llegaste a ver?

—No, yo no. Ya te dije que él conocía bien la historia. A mí siempre me pareció que hacía como si hubiesen encontrado algo importante, pero a mí no me interesan esos cuentos.

—Bueno. Vuelvo por la noche, ¿vale?

Salí de la casa hacia la playa de O Muiño. A esas horas todavía no había demasiada gente. Algunos terminaban su postre en el hotel y otros se refugiaban en la sombra. El calor era como una bofetada. Dejé mi mochila en la arena incandescente, la cubrí con mi camisa, guardé el móvil dentro de mi zapatilla derecha y me fui al agua. Da igual la época del año, el Miño siempre está helado en su desembocadura. Esa temperatura tan baja me provocaba una sensación de dulce cansancio de forma instantánea. En ese estado imaginé que Dirse también se había metido en estas aguas mientras vivía en su refugio en Santa Trega, junto al castro. Y seguro que ella también había convertido el baño en algo ritual, como si fuese un bautismo diario o una comunión entre el cuerpo y la corriente que la empujaba al poniente, al final de la tierra.